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Bienvenidos a METÁFORAS.
Foro inaugurado el 23 de noviembre de 2008.
Ricard. In memoriam, 7 de agosto de 2009.
Páginas: [1] 2 3 ... 10
 1 
 : Octubre 12, 2017, 12:35:35 am 
Iniciado por María Teresa Inés Aláez García - Último mensaje por María Teresa Inés Aláez García
Estoy, siempre

Escucho el fuego
de su mirada
distante. Duele.
El desconsuelo
suelta sus alas.
Asoma el puente,

es espejismo.
Nuestras raíces
en el abismo,

solo silencio;
roba mis lágrimas
de madre. Emergen
huellas, recuerdos;
sangre del alma.
Contigo siempre.

Liliana Valido

 2 
 : Octubre 12, 2017, 12:34:29 am 
Iniciado por María Teresa Inés Aláez García - Último mensaje por María Teresa Inés Aláez García
Erial

   
Sensaciones


Te busco, no  puedes hablar.
Entiendo tu alegato indeformable,         
las horas  se escapan de tus manos;         
las mías difunden tu silueta         
-la que asciende por ciudades y arroyos-       
y desconocen de ti lo inédito,         
la curva  de tu ceja cuando te ofreces     
por completo y confías tu forma
a otro desconocido.

 3 
 : Octubre 12, 2017, 12:31:49 am 
Iniciado por María Teresa Inés Aláez García - Último mensaje por María Teresa Inés Aláez García
Simulo existencia
al beber la sangre de la luna.
Duermo cuando los hijos del sol
disputan su jornal.
Rapto fantasmas y, a veces,
me implico en luchas inasibles.

Otros vivirán mientras sueño mi biografía.


Alpha_Centaury

 4 
 : Octubre 12, 2017, 12:30:30 am 
Iniciado por María Teresa Inés Aláez García - Último mensaje por María Teresa Inés Aláez García
DOLOR Y HELOR


Escupe el desamor su acero, fiero,
dejando al músculo sin vida, vida.
Por el filo del sable artero muero,
y el báratro en mi honda herida anida.

La sangre de mi pecho fluye, huye,
y un suspiro del alma rota brota.
Este sufrir que me destruye incluye
un lóbrego sonar de ignota nota.

Si ayer dijiste amarme tanto, tanto,
¿me das ahora inmerecido olvido?
Mi alma lleva como manto, llanto,
cenizas de un querer perdido, ido.

Exhalo un último clamor, amor,
y tiemblo con asaz dolor y helor.


Raúl Valdez

08/23/2006

 5 
 : Octubre 12, 2017, 12:23:43 am 
Iniciado por María Teresa Inés Aláez García - Último mensaje por María Teresa Inés Aláez García
El perfume de las flores.
 
Al perfume de las flores
le cantan los trovadores.
 
Tú viertes mil perlas rojas
a mi cáliz que deshojas,
yo te bebo sin congojas.
 
Armonizan los amores.
 
Rejuveneces mis cielos,
se alejan los desconsuelos
cuando me cubren tus velos.
 
Se deshacen mis temores.
 
Enredado en la ternura
de mis senos, alba pura,
entrégate sin mesura.
 
Y relucen los candores.
 
Al perfume de las flores
le cantan los trovadores,
armonizan los amores,
se deshacen mis temores
y relucen los candores.

MªAntonia

 6 
 : Octubre 12, 2017, 12:20:23 am 
Iniciado por María Teresa Inés Aláez García - Último mensaje por María Teresa Inés Aláez García

Verde perdido
 
Verdor de primavera ya perdido,
aquel que fuese verde lujurioso
se vuelve sucio ocre desvaído.
 
Días ardientes del amor gozoso,
las rosas concertaban primavera,
cual Vivaldi en sonido primoroso.
 
El frío llega con la ventolera,
la hoja se abandona ya a su suerte
y en su inútil agarre desespera.
 
Hojas caídas que en su breve muerte
se llevan otro año en su extravío,
juegos del viento son, un sueño inerte.
 
                                            Nardy
14-10-05

 7 
 : Octubre 06, 2017, 11:01:28 pm 
Iniciado por María Teresa Inés Aláez García - Último mensaje por María Teresa Inés Aláez García
LOS PAJARILLOS CUCÚS

Vivía una familia de pajarillos CUCÚS dentro de un viejo árbol, era  tan viejo que se caían a trocitos sus paredes.
Un día,  el papá pajarillo le dijo a la pajarilla y a sus hijitos  que debía ir  a buscar un nuevo nido ya que el tenían se iba caer  pronto.
El pajarillo Cucú tenía que picar con su pico el nuevo tronco del árbol para hacer una casita nueva,  hasta hacer una puertecita redonda, muy redonda y pequeña para que no pasara el frío ni tampoco el calor; también para que no pasaran animales grandotes  que les pudieran pisar.
Un día, otro pajarillo que vivía  en el árbol de al lado  le dijo que conocía  un bosque muy bonito donde la luna por las noches cantaba canciones y regalaba estrellitas de color azul y muy brillantes.
Así que el papá pajarillo tuvo que hablar con la pajarilla Cucú y sus hijitos para contarles que debía volar muchas horas y construir una nueva casita en el bosque lejano . Esto les puso tristes a todos y la mami le dijo que no , no y  no.
-Nos iremos todos juntos para que no estés solo   y para que yo trabaje junto a ti y acabar más prontito la casita.
-Mira, cuquita mía, no podéis venir conmigo pues los niños no pueden todavía dormir en las ramas porque son pequeñines.
-Entonces, iré yo  y tú te quedas con ellos -dijo la mami.
-Yo  tengo el pico más fuerte y podré terminar antes la casa y volver antes a estar juntos.
La pajarilla  se quedó un rato pensativa y un poco enfadada, ella quería ayudar, ella no quería separase. pero al final le dijo que sí pues necesitaban de una nueva casita y ese lugar era muy bonito.
A la mañana siguiente se despidieron y el pajarillo  papá comenzó a volar y volar muy veloz. Saludaba a las nubes y a otros pajarillos que iban  y venían por el cielo.
Al llegar al bosque nuevo  le pareció muy,   muy bonito, estaba  lleno de árbolesÁR grandes  muy grandes que tenían las flores de muchos colores.
El CUCÚ papá se fijó  en uno que tenía las florecillas  como gotitas de agua y  pensó que sería en  ése  donde haría la casita.
Así que se puso a picar con el pico una y mil veces.
Al llegar la noche estaba muy cansado y la luna bajó para que durmiera dentro de ella. ¡Qué  bien  durmió , qué lugar más  bonito!
Pasaron varios días hasta que tuvo el nido acabado y pudo ir a buscar a su familia. Al verlo, la mami y los pajarillos daban saltos de felicidad,  todos reían y reían .  Cuántos besitos se dieron con su piquito. Cuántos, cuántos, cuántos...Los cuatro  CUCÚS, se dirigieron  al bosque mágico y fueron muy felices en su nuevo hogar. Conocieron muchos más animalitos  y juntos  vivieron muy felices y les encantaba que llegara la noche para que la luna les cantara  y les bajara una estrellita azul, brillante.

Carende
27/4/2010   



 8 
 : Octubre 06, 2017, 10:58:56 pm 
Iniciado por María Teresa Inés Aláez García - Último mensaje por María Teresa Inés Aláez García
ojaldeb
   
Muñones

El viejo ocupaba una mesa, una junto a la pared del fondo, en el bar de su pueblo.

—Este zagal… —mascullaba— ¿Qu’abre hecho yo pa merecer…?, y a mis años. Es mi nieto, sí, pero yo no quiero gente así en mi casa, si su abuela levantara la cabeza…la pobre.

Su mano derecha era una especie de muñón, apenas dos trozos de falanges, con el que ahora pinzaba un pequeño vaso de cristal, mediado de vino tinto. Su barba negra, de por lo menos una semana, hacía que su rostro se viera sucio. Adornaban su camisa blanca cuatro o cinco medallones de grasa.
Colgada de la pared, justo encima del viejo, una nube de moscas que parecían hipnotizadas por la pobre luz de un candil eléctrico. Enfrente un mostrador largo y de madera oscura, que venía desde la puerta de la entrada. El local era espacioso, algo escaso de luz, fuera anochecía.
Un hombre tripón y carrilludo, nada más entrar, se fijó en el viejo y fue hacia él, no esperó a llegar a su lado para decirle:

— ¿Qué cavilas tanto, Ulogio?
— ¿Eh? ¡Ah, eres tú, Fermín! Venga, agarra esa silla y siéntate

El gordo tenía más o menos la misma edad que el viejo, vestía una camisa muy blanca y muy bien planchada, su mano derecha era una cicatriz de carne y pellejo triturados. Al ir a sentarse, los botones de la camisa le estuvieron a punto de estallar, la silla hizo un ruido, como si se fuera a romper.

— ¿Y tu nieto, Ulogio?
— ¿Qué?
— ¡Tu nieto!
— ¿Mi nieto…?
— ¿Ha venio ya de la Inglaterra ésa, no?
—Vino antier, ¿y qué?
— ¡Na, hombre, na!, ¿que qué tal estaba?
—Pchss.
—Y me han dicho que su novio, un tal Bob, vino con él.
—Fermín… no subas más serillos qu’el pajar está acombrao.
— ¡Ulogio! ¿Es que no te alegras? Es tu nieto, y a venío ya…
—Que no seas alcagüete, Fermín.
—Pero…
—Venga, déjalo y dale un carpio al tabernero, encarga otra frasca de vino, que tengo la boca seca.

El viejo mascaba un palillo que cogió de un cubilete, no levantaba la vista de su vaso, y Fermín, sin dejar de sonreír ni de mirarle, alzó su muñón y dijo.

— ¡Tú, tabernero, pon una frasca de tinto, vamos a celebrar que el zagal d’éste ha vuelto ya de por ahí.
—No, si al final va a andar la pala por el horno —masculló el viejo arqueando aún más sus oscuras cejas— ¡Asqueroso pueblo de girulos!
— ¿Girulos…? ¡Andá!, Ulogio, acaba d’entrar el Paco, el chico de la Isabel.

El muchacho en cuestión tendría dieciocho o diecinueve años; llevaba varios arillos en las orejas y el cabello rapado; su chupa y su pantalón vaquero eran de esos que venden ya rotos y descoloridos. Se había quedado en la otra punta de la barra, justo al lado de la puerta, llamó al camarero y le pidió un refresco de Cola. Fermín insistió:

—Ulogio, el Paco también es mariquita, como tu nieto.
—Y dale; mira qu’eres bocarana…ahora te toca a ti escarbar en la herida ¿es eso, no?
—No te enfollines hombre, ¿somos o no somos amigos?
— ¿Amigos…?
—Sí, amigos; o no t’acuerdas de lo que pasemos juntos.
— ¿Quién s’acuerda ya d’eso?

Fermín dejó de sonreír, mostró su muñón y dijo.

—Yo m’acuerdo, esto me lo recuerda tos los días

Luego, después de carraspear, puso otra vez cara de guasa y añadió

—Oye Ulogio, creo qu’eso de ser mariquita s’hereda. ¿Tú no…?
—Y dale con la pulla Fermín; pero cuánta morcilla das, cabrón… ¿y tú dices qu’eres mi amigo?
— ¡Oye!, de cabrón na, ¿eh?, si acaso señor cabrón.
—Jodes más qu’un forunclo.
— ¿Qué…hoy no tienes ganas de guasa?
—Tú por lo que se ve sí, y mucha.

Fermín retorció de nuevo el gesto y dijo:

—Mira Ulogio, desde qu’en el pueblo os enterastis qu’el asqueroso aquél dejó preñá a mi nieta y luego se largó, a ella la tratasteis de pertenera y a mí… yo os he tenío qu’aguantar mucha pulla d’esta, a ti y a tos…
— ¡Pachasco!, o sea, que se t’estaba haciendo la masa un vinagre y has venío aquí a infernar, ¿es eso, no?
—Menuda polvisca se ha levantao en tol pueblo con lo de tu nieto, Ulogio, ahora te toca joderte a ti.
—Si mi nieto y el Bob ese no se bajan el otro día del autobús haciéndose arrumacos… ¡Par d’encagalaos!
—¡Ya, como que no se hubiera sabío tarde o temprano.
—¡Joder, pos a lo mejor no!
—No digas mandingas, Ulogio, si a tu nieto y el otro… menudos pendientes, menudas, pulseras, zapatos de punta rechivá, si sólo les falta ponerse encima la tapa el cofre.
—Pandilla de intruseros…
—Sí, aquí se habla de to sin mirar lindes. Pero, Ulogio, buenas ganas tiés de inritarte por tan poca cosa; mira, ahora fuera chuflas: tu zagal es joven, cabal es que pueda elegir su sesualidad.
—Pachasco, y su abuelo que se joda ¿no?
—Así es la vida Ulogio
— ¿La vida? ¡Cagüenros…¡
—Hay que ser más tolerantes, Ulogio —dijo Fermín con tono de condescendencia— mucho más tolerantes.
—¡Oye Fermín, y tú no presumas tanto de liberal!
— ¿Quién…yo?
—Sí tú; porque antes que le pasara aquello a tu nieta, bien qu’echabas pestes de toas las solteras del pueblo que se quedaban preñás.

El tabernero llegó con la frasca de vino y dos vasos pequeños, puso todo sobre la mesa. Luego se secó las manos con la servilleta blanca que llevaba colgando de la cintura. Dijo:

—Aquí tenéis, pareja.

Fermín le guiñó un ojo y habló en voz baja:

—Ulogio se ha enfadao porque le dicho qu’el zagal de la Isabel es mariquituso.
— ¿Quién, el Paco?—Dijo el camarero— ¡Vaya una cosa! Ni el chico ni su madre lo ocultaron nunca.

El joven bebía y miraba a todas partes, hubo un momento en que su mirada se cruzó con la de Fermín que, entonces, levantó su muñón y con el le hizo una seña para que se les acercara.

—Señor Fermín, señores…—dijo el muchacho cuando llegó donde los viejos. —Hola, chaval —dijo Fermín.

Eulogio, sin levantar la vista de su vaso, rebulléndose en su asiento, mascando como con rabia un escarbadientes, sólo resopló.

—Tabernero —insistió Fermín— arrima una silla pa que se siente el zagal. ¡Claro! si aquí mi amigo Ulogio no tie na en contra.
— ¿A mí…? — dijo Eulogio— a mí que me incumbe si el muchacho se sienta o no se sienta; yo no lo conozco de na.

El joven miró a Eulogio, luego a Fermín que, a la vez que meneaba la cabeza, le invitó a sentarse. El muchacho dijo mirando su reloj:

—Déjelo usté, señor Fermín; tengo que irme.
—¿A qué tanta prisa zagal? —dijo Fermín— paece que vas convidao a gachas.
—Es que en la fábrica hace falta gente, lo oí ayer y…
—Sí, yo también lo oído, pero me parece qu’el tajo es pa apilar sacos llenos de grano to la mañana. Chaval, eso mu duro pa ti, hazme caso, yo he roto muchos astiles d’esos en mi vida.
—A ver si se cree usté que porque sea homosexual no soy tan duro como cualquiera.
— ¡No —dijo Fermín— no mas entendío!
—Además —insistió el joven— mi vieja ma sacao a delante, ella sola, la pobre, va pa mayor, cuando viene de fregar las casas viene to enriñoná, se queja de tos sus huesos, ¡joder! y yo quiero ayudarla.
—¡Como tie que ser, zagal, como tie que ser! —dijo Fermín— Pero hazme caso, ese trabajo es mu duro, yo…
— Señor Fermín, perdone, me gustan los tíos, pero tengo tantos cojones como usté.

Eulogio, con un trago, ahogó una sonrisa y un eructo.

— ¡Venga chaval —insistió Fermín— aivadeai! arrima esa silla y siéntate con nosotros, y tú —miró al camarero— trae otro vaso.
—No, señor Fermín, me voy, a ver si van a cerrar la fábrica y no quiero llegar a amén.
—Vale, chaval, vale, pus ándate, no t’entretengo.

El joven miró al tabernero y metiéndose la mano en el bolsillo dijo:

— ¿Cuánto debo por este rodeo y lo mío?
—Tú —se apresuró a decir Fermín— como cobres al muchacho te se va un parroquiano. Chaval, déjalo, estás invitao.
—Señores… —dijo el joven y se fue hacia la puerta.
—Adiós, Paco… —dijeron los tres hombres al unísono.

Habían entrado más clientes y el tabernero se fue hacia la barra. Los dos amigos se quedaron solos. Fermín, después de llenar otra vez los dos vasos, ofreció uno a Eulogio.

—Toma machote, bebe.
— ¿Machote…? —dijo Eulogio— pero si ahora ya ni me s’atiesa. Lo de machote era antes. ¡Además! tengo un nieto mariquita, ¿o te s’alvidao?
— ¡Hombre! lo de tu nieto no tie na que ver con los años, pero lo otro… ¿qué quieres? si en un par de meses te caen ya los sesenta y muchos, como a mí.

Eulogio volvió a pinzar su vaso y lo levantó de la mesa, luego, mientras lo miraba, dijo:

—Mi nieto es buena gente, Fermín.
—Claro hombre, ¿por qué no va serlo?
—Tampoco el de la Isabel parece mal muchacho.
—Tampoco. Venga bebe.
— ¡Joder Fermín!, yo ya tengo demasiao callo pa estos trotes.
—A ver si crees qu’a mí no me costó hacerme a la idea de lo de mi hija.
—Sí, pero eras más joven, y todavía estaba tu mujer.
—La pobre; que descanse en paz.
—Si la mía viviera…
—Deja en paz a los difuntos, Ulogio.
—Tiés razón.
— ¿Y tu nieto?
— ¿Mi nieto? Menudo yema echó su madre en el parto, ¡joder!, pero es mi nieto
—¿Pos entonces…?
—¡Pos entonces!
—¡Qué tiempos!
—¡Qué tiempos!
—Y encima cualquier día nos da un colaso y nos quedamos istantáneos
— ¿Quién sabe?
— ¡Miá!
—¡Vete a saber!

Durante unos segundos los dos viejos miraron cada uno su vaso sin hablar. Después, Eulogio se encogió de hombros, volvió la cabeza a un lado, escupió al suelo lo que quedaba de sus mondadientes, dijo:

— ¡Joder, Fermín, si tù supieras… menudo tarogullo que tengo en el pecho.
—Pues te echas el pecho a la espalda y lo pasao pasao.
—Tiés razón, habrá que tirar palante.
—Qué remedio.
—Y como sea.
—Como sea, Ulogio, además, peores cristos pasemos, ¿o no t’acuerdas?

Fermín volvió a levantar su muñón. Eulogio se sobó sus dos dedos y dijo:

— ¿Qué si m’acuerdo…? aquello fue…
—Una mierda, Ulogio, una mierda. Pero, ¡vamos, hombre, arriba, arriba!

Fermín se inclinó sobre la mesa todo lo que su panza le dejó, puso su muñón encima del muñón de Eulogio, lo acarició. Eulogio, de un bote, se apresuró a salir de debajo, dijo:

— ¡Cuidao Fermín!, cuidao. Amigos, pero… sin pasarse —alzó la voz— ¡tú, tabernero…!, pon otra frasca y un plato de aceitunas, d’esas que tien pescao por dentro; pa mí, y pa éste…

 9 
 : Octubre 05, 2017, 08:17:15 pm 
Iniciado por María Teresa Inés Aláez García - Último mensaje por María Teresa Inés Aláez García
El alquimista
                               al compañero, César Rubio Aracil.

Quisiera, Augustus, recoger de ti
—paciente imán de las vocales rotas—,
surcos de ahínco, reveladas gotas
sobre la viva flor volviendo en sí.

Con caireles de adónicos azules
vistes al ave de inmortal belleza,
embrujas con tus rimas y destreza
a las diosas de lámparas y tules.

Viérteme, vástago de Apolo, el brío,
ayúdame a escrutar los aires tersos,
defender la pureza de los versos,
—velando musas del sinuoso río—,

con los poemas lúdicos que labras
en incesante alquimia de palabras.

Calendo

 10 
 : Octubre 05, 2017, 08:16:23 pm 
Iniciado por María Teresa Inés Aláez García - Último mensaje por María Teresa Inés Aláez García
MENTIRAS

Juanma, nombre “chic” de Juan Manuel,  policía alto y bien parecido, poseía grandes  cualidades, una de ellas, su extrema sinceridad, a veces dañina, le había valido el privilegio de resolver casos raros y realizar sólo sus jornadas callejeras  en días de lluvia. Un jueves por la tarde fue llamado por el servicio secreto del excelentísimo ayuntamiento: debía buscar las causas del desorden en la sede de una sociedad. Las disposiciones eran tajantes: todo se llevaría a cabo  con el más estricto secreto, y sólo los miembros de dicho grupo serían investigados con suma precaución.
    Cuando Juanma llegó al edificio, reinaba el caos entre sillas, estanterías, libros y trofeos. Era evidente, alguien buscaba algo de gran valor. Convocados sus asociados, se vociferó, reorganizaron la sala y por último se hizo el inventario de todos los bienes. Nada faltaba, excepto cuatro revistas estropeadas de una reciente publicación. Chistes y bromas se columpiaron entre sus usuarios. Luego, se dieron cuenta que necesitaban recuperarlas, la crisis económica que asolaba en esos momentos implicaba la necesidad de su aparición para el consiguiente descuento de la editora.
Era absurdo, ¿quién querría un material defectuoso y de tan bajo coste? Mentira y corrupción desfilaban al unísono.
  Nuestro policía, decidido, comenzó su interrogatorio. Desdémora, atrapada  en la prosa, fue su primera víctima.
  -Señora, ¿tiene llave?
  -Sí, pero la perdí hace tiempo. Mis personajes, cansados de este lugar, decidieron tirarla por el alcantarillado.
  -¿Por qué?
- Prefieren la soledad.
-¿No será porque están o parecen muertos?
 -No, o quizás sí. Todo depende de un crítico apolítico, ¿dónde está ese crítico?, ¿alguien lo conoce?, y volvió a su natural mutismo.
 Socorro,  correctora de poetas, la sustituyó:
 Juanma quiso allanar semejante trance mediante lisonjas de perfección y trabajo arrulladas por la premisa de la necesidad.
  - Poetisa, ¿estuvo aquí esta semana?
  -Imposible, he viajado continuamente por el intricado mundo de la Web para fortalecer mis conocimientos.
  La voluptuosa y joven Alba acudió en su ayuda.
 -Dígame, inspector, ¿tiene algún problema con nosotras, “las agredidas”?
- Y tú, ¿tienes algo que decirme?
 -Apenas llevo un mes aquí, y la llave aún no entra en la cerradura debido a la  pequeñez de mis conocimientos.
 Animadas por la valentía de Alba, presidenta, tesorera y secretaria, replicaron al unísono:
-Nosotras tampoco hemos estado aquí, bastantes problemas tenemos con acudir a  distintos eventos, ya sabe, nuestro cargo es casi político, y como tal son los asesores quienes se encargan de lo más importante.
 La cabeza del espía se saturaba. Estuvo a punto de gritar ante la argucia de los demás miembros por el rotundo “no“. Sin embargo, él presentía el engaño oculto y lo iba a encontrar. Concluyó la sesión y decidió seguir solo su investigación.
  Los chubascos golpeaban esa mañana cuando diviso la figura de Desdemora envuelta en un impermeable transparente. La siguió y vio como se perdía por laberintos desconocidos hasta acceder a una minúscula puerta. Al penetrar pronunció: “los seres humanos somos crueles”, y todo se evaporó. Frustrado se sentó en el húmedo suelo y bajo la cabeza. Allí estaba una de las gacetas defectuosa. La abrió con desgana. Nada, todo blanco, continuó. Al final una frase, la misma  que pronunció Desdemora antes de desaparecer.
Pasaron días, volvieron las precipitaciones y con ella su servicio en la calle. Se movió melancólico hasta que percibió tres siluetas poderosas. Se dirigían al centro. Ahora sería más fácil su cometido. Una curva lo hizo adentrarse en escaleras oblicuas llena de extrañas eminencias. Un mayordomo tocó la campanilla y todo se esfumó mientras surgía un defectuoso objeto, donde leyó: “El caos crece en cada intento de dominarlo. Lo mejor sería estarse quieto y no hacer nada”. Desesperado se incrustó en la comisaría hasta un nuevo aviso.
Socorro lo llamó “desahuciada“:
 -Por favor, sal otra vez, mi casa se está inundando.
El deber  venció sus desilusiones, caminó frenético a pesar del fuerte chaparrón. A llegar el edificio era un lago donde libros de todos los tamaños se habían convertidos en barcos improvisados. En el mayor de ellos, Socorro, suplicante, le extendió algo:
 -¡Léelo!
 -Juanma crispó todo su cuerpo y entonó:
 - “Hay que vivir desde el conocimiento”.
 Todo desapreció quedando la fachada de un inmueble burgués.
La lengua se le heló entre los dientes mientras susurraba: “se están burlando de mi“.
  A pesar de las amenazas de sequía debido al cambio climático, el invierno espantaba con sus frías lágrimas. Nuestro personaje se vio obligado a salir de nuevo de su refugio. Esta vez portaba bien escondido los manuscritos estropeados. Anduvo tras el sonido de los chubascos. Pronto unos reflejos dorados interrumpieron sus pasos. Era hora de regresar, más una figura angelical y graciosa caminaba entre casas con hermosos balcones llenos de flores. Juanma, desobedeció las órdenes al perfilar el amor y la felicidad. Corrió tras ella. De pronto la muchacha se volvió articulando las palabras del último cuadernillo:
- “Los dichosos raramente son duros de corazón, tienden a la compasión y dejan participar a otros de su abundancias”.
 Nuestro detective no pudo más, se derrumbo y estuvo a punto de dejarlo todo. Entonces, varias personas lo levantaron con cariño mientras murmuraban: “Nada es verdad ni mentira, todo depende del color del cristal con que se mira”. Juanma sonrió y supo que volvía al mundo real de los sueños.

Irene


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