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Autor Tema: MENTIRAS  (Leído 1981 veces)
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Irene
Participante avanzado
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Mensajes: 371



« : Abril 13, 2010, 08:11:31 »

MENTIRAS

Juanma, nombre “chic” de Juan Manuel,  policía alto y bien parecido, poseía grandes  cualidades, una de ellas, su extrema sinceridad, a veces dañina, le había valido el privilegio de resolver casos raros y realizar sólo sus jornadas callejeras  en días de lluvia. Un jueves por la tarde fue llamado por el servicio secreto del excelentísimo ayuntamiento: debía buscar las causas del desorden en la sede de una sociedad. Las disposiciones eran tajantes: todo se llevaría a cabo  con el más estricto secreto, y sólo los miembros de dicho grupo serían investigados con suma precaución.
    Cuando Juanma llegó al edificio, reinaba el caos entre sillas, estanterías, libros y trofeos. Era evidente, alguien buscaba algo de gran valor. Convocados sus asociados, se vociferó, reorganizaron la sala y por último se hizo el inventario de todos los bienes. Nada faltaba, excepto cuatro revistas estropeadas de una reciente publicación. Chistes y bromas se columpiaron entre sus usuarios. Luego, se dieron cuenta que necesitaban recuperarlas, la crisis económica que asolaba en esos momentos implicaba la necesidad de su aparición para el consiguiente descuento de la editora.
Era absurdo, ¿quién querría un material defectuoso y de tan bajo coste? Mentira y corrupción desfilaban al unísono.
  Nuestro policía, decidido, comenzó su interrogatorio. Desdémora, atrapada  en la prosa, fue su primera víctima.
  -Señora, ¿tiene llave?
  -Sí, pero la perdí hace tiempo. Mis personajes, cansados de este lugar, decidieron tirarla por el alcantarillado.
  -¿Por qué?
- Prefieren la soledad.
-¿No será porque están o parecen muertos?
 -No, o quizás sí. Todo depende de un crítico apolítico, ¿dónde está ese crítico?, ¿alguien lo conoce?, y volvió a su natural mutismo.
 Socorro,  correctora de poetas, la sustituyó:
 Juanma quiso allanar semejante trance mediante lisonjas de perfección y trabajo arrulladas por la premisa de la necesidad.
  - Poetisa, ¿estuvo aquí esta semana?
  -Imposible, he viajado continuamente por el intricado mundo de la Web para fortalecer mis conocimientos.
  La voluptuosa y joven Alba acudió en su ayuda.
 -Dígame, inspector, ¿tiene algún problema con nosotras, “las agredidas”?
- Y tú, ¿tienes algo que decirme?
 -Apenas llevo un mes aquí, y la llave aún no entra en la cerradura debido a la  pequeñez de mis conocimientos.
 Animadas por la valentía de Alba, presidenta, tesorera y secretaria, replicaron al unísono:
-Nosotras tampoco hemos estado aquí, bastantes problemas tenemos con acudir a  distintos eventos, ya sabe, nuestro cargo es casi político, y como tal son los asesores quienes se encargan de lo más importante.
 La cabeza del espía se saturaba. Estuvo a punto de gritar ante la argucia de los demás miembros por el rotundo “no“. Sin embargo, él presentía el engaño oculto y lo iba a encontrar. Concluyó la sesión y decidió seguir solo su investigación.
  Los chubascos golpeaban esa mañana cuando diviso la figura de Desdemora envuelta en un impermeable transparente. La siguió y vio como se perdía por laberintos desconocidos hasta acceder a una minúscula puerta. Al penetrar pronunció: “los seres humanos somos crueles”, y todo se evaporó. Frustrado se sentó en el húmedo suelo y bajo la cabeza. Allí estaba una de las gacetas defectuosa. La abrió con desgana. Nada, todo blanco, continuó. Al final una frase, la misma  que pronunció Desdemora antes de desaparecer.
Pasaron días, volvieron las precipitaciones y con ella su servicio en la calle. Se movió melancólico hasta que percibió tres siluetas poderosas. Se dirigían al centro. Ahora sería más fácil su cometido. Una curva lo hizo adentrarse en escaleras oblicuas llena de extrañas eminencias. Un mayordomo tocó la campanilla y todo se esfumó mientras surgía un defectuoso objeto, donde leyó: “El caos crece en cada intento de dominarlo. Lo mejor sería estarse quieto y no hacer nada”. Desesperado se incrustó en la comisaría hasta un nuevo aviso.
Socorro lo llamó “desahuciada“:
 -Por favor, sal otra vez, mi casa se está inundando.
El deber  venció sus desilusiones, caminó frenético a pesar del fuerte chaparrón. A llegar el edificio era un lago donde libros de todos los tamaños se habían convertidos en barcos improvisados. En el mayor de ellos, Socorro, suplicante, le extendió algo:
 -¡Léelo!
 -Juanma crispó todo su cuerpo y entonó:
 - “Hay que vivir desde el conocimiento”.
 Todo desapreció quedando la fachada de un inmueble burgués.
La lengua se le heló entre los dientes mientras susurraba: “se están burlando de mi“.
  A pesar de las amenazas de sequía debido al cambio climático, el invierno espantaba con sus frías lágrimas. Nuestro personaje se vio obligado a salir de nuevo de su refugio. Esta vez portaba bien escondido los manuscritos estropeados. Anduvo tras el sonido de los chubascos. Pronto unos reflejos dorados interrumpieron sus pasos. Era hora de regresar, más una figura angelical y graciosa caminaba entre casas con hermosos balcones llenos de flores. Juanma, desobedeció las órdenes al perfilar el amor y la felicidad. Corrió tras ella. De pronto la muchacha se volvió articulando las palabras del último cuadernillo:
- “Los dichosos raramente son duros de corazón, tienden a la compasión y dejan participar a otros de su abundancias”.
 Nuestro detective no pudo más, se derrumbo y estuvo a punto de dejarlo todo. Entonces, varias personas lo levantaron con cariño mientras murmuraban: “Nada es verdad ni mentira, todo depende del color del cristal con que se mira”. Juanma sonrió y supo que volvía al mundo real de los sueños.
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