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Autor Tema: Marzo 2018  (Leído 1301 veces)
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María Teresa Inés Aláez García
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« : Marzo 09, 2018, 12:16:15 am »


Rosa

   
Esperanza


El Unicornio fenece                 
en medio de la estulticia;   
ya el arpa  no tañe
su divino son.   

Entre arúspices contiendas
rinde priápicos pendones;   
confronta la Nada,               
el espurioTul.                 


Mas… no; no existe vacío;   
un trazo sutil asoma
allende el silencio:           
la flor ya madura.

(17/11/2011)
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #1 : Marzo 09, 2018, 12:17:22 am »


Diana Gioia

    VERSOS BLANCOS
 
Aterido, el crepúsculo fabula
poemas en la escarcha.
Cansado de su vuelo por la bóveda
versátil y celeste,
se posa en la fugaz estrella de tus manos.
Su esplendor me descubre
blancos versos sin mácula de rima.
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #2 : Marzo 09, 2018, 12:18:24 am »

A Gisela

Ríe el sol en la mañana
cuando el jilguero gorjea;
luce Venus en el orto,
la brisa en el mar corea.

Vuelo hacia ti, llama virgen,
para engarzar en los hilos
de mis tristuras roídas
tus perfumados pistilos.

Briznas de una rosa azul,
reina ilustre en mi parterre.
Grito de alarma en la noche,
puerta sin pernios ni cierre.

Cruzo solo mis Antillas
al resplandor del desierto,
y con delirios lacustres
clavo en tu sombra un injerto.

Si tú quisieras, lozana
avecilla de las nieves,
hervir tu sangre y la mía
en un matraz sin relieves...

Cuánta alquimia en el silencio,
junto a los tilos en flor.
¡Qué derroche de quilates
al soñar con el amor!

Augustus
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #3 : Marzo 09, 2018, 12:19:24 am »

Galatea sin beso

Soy de la noche el suburbio
y su remolino acérrimo,
concubina de las sierpes,
fontana sin un zarcero.
Lar de lumbre lastimera
con plenilunios decrépitos,
cadáver enajenado
por los pinceles del tiempo,
éxtasis sin esperanza,
metamorfosis de un sueño.
Un cascabel de delitos
con mimbres de verdes céfiros
golpeando, indecoroso,
el pudor de mi intelecto
y no guardé las sonrisas
para prepararme ungüentos.
Voy por techumbres sinuosas
con argucias y silencios,
amante de lo versátil
y con cadenas al cuello.
Sigo cual estatua rubra
sin el hálito soberbio
de una boca con estanques
para mi mundo desértico.
Eres Pigmalión apático,
Soy Galatea sin beso.

Albadiosa
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #4 : Marzo 09, 2018, 12:20:58 am »

SIRENA

Busco entre caracolas y en la espuma,
por cristales de cielo,
el dorado relumbre de tu pelo
y tu alentar que a las aguas perfuma.

Tus canciones sostienen a mi pluma
en notas de salado terciopelo.
El húmedo sostén de mi desvelo
a mis delirios suma.

Te espero en mi soñar de cada noche,
desnuda de castigos;
entierras entre conchas mis pesares.

Diluyes el acíbar del reproche
con algas por testigos.
Fervoroso ritual el de los mares.

María Bote
12 – 6 - 2014
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #5 : Marzo 09, 2018, 03:12:00 pm »

La Reina de los Octos
(Para mi admirado profe Riky)

Mi estilo libre y sincero
se llena de melodía
cuando pronuncio un te quiero
al escribir poesía.

Quizás no encuente palabras
de un elegante lirismo
y se le obstruyan las abras
al fecundo virtuosismo.

La guarida de mi musa
es un mundo de esplendor
donde no embiste la intrusa
presencia de un impostor.

Por eso un amigo fiel
de gran pluma entre los doctos
propuso con voz de miel
“Eres reina de los octos.”

Gisela Cueto Lacomba
14 de marzo del 2015
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #6 : Marzo 09, 2018, 03:13:02 pm »

Eres gloria, fuego eterno y brujería.

Acaricias mi espalda, acción candente;
y provocas murmullos en tu oído,
espasmo de una imagen sugerente
en ritual inconfeso y atrevido.
 
Conoces mi más cara fantasía
y ronda mi figura en tus antojos.
Hoguera de pasión y brujería,
pecados de matices infrarrojos.
 
Exploras cada parte de mi piel
y, astuto, en el camino enciendes fuego;
pudores en cenizas de papel
escondo en el cajón cuando me entrego.
 
La gloria se disfruta en un instante,
semeja la salud del moribundo;
reside en una cúspide distante
y escapa del esplín en este mundo.

Blanca Amelia Santos
(Wella)
23/Sep/06
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #7 : Marzo 09, 2018, 03:14:03 pm »

NAUTA PERDIDA
(Cobla Catalana)


Senderos de sibilas amapolas
aturden sin respiro mi cordura.
Su mayo, mes de génesis, de amores;
mi otoño convertido en primavera.
Encadenada al mástil de la nave,
me envuelve de las sílfides el canto.
Es el momento de soltar los nudos,
voy dispuesta al desastre por el gozo.

Al fin, acaricié las amapolas
soñadas en mis tramos de cordura.
No sufro por exánimes amores,
mas me rindo a su altiva primavera.
Mi tozudez encallará la nave
en el bronco arrecife de su canto.
Medrosa, desasiendo voy los nudos
para llegar al vórtice del gozo.
     
Rocío tan acerbo de amapolas,   
Vergüenza por la apática cordura,
a sus pies arrojasteis mis amores,
hipérbaton de otoño y primavera.
Rendida, mi respiro está en la nave,   
junto al embaucador runrún del canto.
¡Inútil artimaña de los nudos!
Patética estulticia por el gozo.

Persiste en tu linaje de amapolas.
Déjame con mi resto de cordura.
Construyo un cenotafio a mis amores,
allí sepultaré mi primavera.
Las otras quedarán, como mi nave,
presas del laberinto de tu canto;
hendiste sueños, vil desatanudos.
Vomito la memoria de aquel gozo.   

mariaValente
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #8 : Marzo 09, 2018, 03:15:26 pm »


Irene

   
INOCENCIA

INOCENCIA: FLASH BACK

“ Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla”
Antonio Machado                   





RETORNO

Después de varios lustros inmerso en la marabunta de la vida, regresé. La brisa invernal besaba mi cara al penetrar en la casa. El crujido de mis pasos contrastaba con su silencio. Hueca, tras la muerte de mi madre, aún creía percibir avalanchas de risas y sollozos. Arrugué mi nariz ante el inconfundible olor de aspidistras y aureolas que, todavía, adornaban un pasillo abierto a gélidos dormitorios. Al apoyarme contra las desconchadas paredes, casi me confundí con los olores de la  cocina de otros tiempos. Allí se entremezclaban cuentos, sabores y el chispear  de una hoguera casi dormida. De  golpe, acaricié el mundo del corral, donde violines de antiguas aves amortiguaron mi tristeza. Luego, mi olfato me lanzó hacia lejanas rosas, y en ese momento sentí el corazón de mi infancia perdida .

AÑORANZAS

 No podía concebirlo. Aquello supuso el final de un sueño: el de mi infancia.
  Era muy niña cuando vi cómo el sol de una baranda se deshacía en mi retina, mientras mi boca saboreaba el queso duro del terrazo. Todo era inmenso, hasta la música de los periquitos del patio. Un palacio encantado me acunaba a través de peldaños hacia una estancia sobria. En ella, el crujido de las sillas se mezclaba con el calor del picón junto a unas retahílas de ríos y tablas de multiplicar. Se punteaban letras y números en una sábana negra llamada pizarra. El suplicio comenzaba por la tarde: tela, aguja e hilo enredaban mis dedos. Entonces me acoplaba en la ventana para observar la destartalada casa de enfrente. Allí, fantasmas y monstruos intentaban asaltar el palacio de nuestras ninfas. Un día consiguieron extender su manto putrefacto. El brillo de nuestra mansión fue sustituido por inverosímiles cotilleos que condujeron a nuestras dos hadas a perder la vara mágica de la enseñanza, y a nosotros a embutirnos en el laberinto frío y oscuro de nuestra nueva escuela.


ANGÉLICA

   El acento del arroyo trae murmullos; el de los rostros, el significado de un nombre o su antídoto. Angélica era el único caso donde convivían ambas opciones.
  Sus ojos de amaneceres, unidos a la blancura de su piel y al sol de los rizos de su cabello, la convertían en una visión dulce. Tales atributos se oscurecían al moverse por nuestra isla sin asfalto.
  Era nuestra infancia un soplo de sombras deshilachadas cuando ella, como un regalo del cielo, apareció. Cubrió la tristeza con la magia de los sueños, al paliar los fríos de nuestras vidas.
 Su madre, una viuda aún bonita, perdonaba sus travesuras diciendo: “Vuela, pajarillo, mientras puedas”.
 Al calor de estas palabras deambulábamos sin sobresaltos por nuestro reino. Por la tarde, tras salir del colegio, comenzaba el recorrido. Primero visitábamos el taller de Arácnida, cuya mirada se desvanecía entre nuestras idas y su costura. De allí hurtábamos alfileres y retales para construir un mundo donde poder escucharnos.
    Luego, traspasábamos los gemidos del aire en el refugio del  hada madrina, donde ella nos conseguía con su varita mágica tablas y puntas. Últimamente, sufría un maligno conjuro que la obligaba a zarandearnos con su escoba. El cambio se produjo cuando Angélica grabó en la frente de su nieto una brecha.
   Más tarde nos dirigíamos a la cueva de nuestra esfinge. Allí, a escondidas,  observábamos cómo una hembra dominaba a toda clase de hombres con su libertad.
   El tiempo transcurría entre andanzas y juegos, lejos del triste hábito de las calles.
  Un día, Angélica agudizó sus sentidos hacia la casona, lugar tenebroso y cerrado, razón por la cual siempre pasábamos de largo. Era tarde, una ventana abierta nos ofrecía objetos maravillosos. Angélica, al contemplarlos. murmuró:
   “Las cosas están enojadas, algo malo debe de ocurrir. Los cuentos hablan de princesas cautivas por dragones. Nosotros, valientes soldados, las rescataremos”.
   El sonido de su voz nos descolocó, el olor de aventura nos puso a sus órdenes. Desde entonces, acechábamos cualquier descuido de sus habitantes para introducirnos en el palacete. Un domingo, al dirigirnos a misa, descubrimos una abertura. Olvidamos nuestros deberes y comenzamos a cavilar sobre la forma de penetrar en sus fauces. Angélica cogió a su paje y lo introdujo en un patíbulo de hierros. El cuerpo pasó, la cabeza se quedó enganchada. La niña lloraba, un cancerbero nos lanzó sus gruñidos:
   “Angélica, eres un demonio, de ésta no te libras. Verás cuando se entere tu tío, el capitán falangista. Don José, el cura, lo tiene al tanto de todas tus fechorías. Esta vez te has pasado al ultrajar los aposentos de Doña Ana, santa mujer, cuya morada será el cetro de Dios”.
   Corrimos al escuchar el colérico canto. Al advertir la pérdida de la pequeña Julia, Angélica decidió volver, yo también.
  Al llegar, nos hundimos en el silencio de un portón entreabierto. Entramos, el invierno se introdujo en nuestras entrañas. La madre de Angélica, de rodillas, le lloraba a Doña Ana con una súplica:
 “¡No!, ¡a ella no!, ¡ya me dejasteis sin marido!, ¡no os llevéis también a Angélica!”.
  “Lo sacrificamos por el bien de todos: era rojo. Debes ser valiente como el capitán lo fue al eliminar a su hermano. Angélica lleva sus genes, se perderá, con mi ayuda apagaré las alas de un corazón tan abrasador”.
 Por primera vez vimos el hilo del humo picotear la lluvia.
 Angélica se fue hacia su madre, la levantó con cariño y susurró:
  “Vamos, mamá, ya es hora de volver a casa”.
  Un movimiento de Doña Ana interrumpió la escena. Don José y el capitán aferraron a Angélica y la transportaron al interior. La bruja nos expulsó de la siniestra mansión, y nos dejó a la viuda,  su hija pequeña y a mí aporreando una puerta cerrada. Agotadas, regresamos. Yo seguí con la fuga de nuestro Peter Pan, mas los sustantivos perdían sus arrebatos ante nuevas nubes. Poco a poco dejé de contar estrellas; sin embargo, las praderas reflejaban a nuestra heroína con nuevos vocablos. Éstos se fijaron hasta abrir las brechas de un nuevo futuro.
     
   
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #9 : Marzo 09, 2018, 03:16:54 pm »

Calendo Griego
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Las mariposas azules

Las mariposas cubren el camino,
tapan atroces púas en las piedras,
revisten viejos muros del destino     
donde se aturden áfonas las hiedras.

Apaciguan el frío de la muerte,
mantón suave de flores y esperanzas,
acróbatas bailando a nuestra suerte
consuelo existencial, desnudas danzas.

No las espantes. Su canción, El día,     
es cascada perpetua, azul, sonora,
vertiendo sobre mármol su sangría.

Nutren la eternidad devoradora
royendo odio, amor, melancolía,
en incesante ritmo, cada hora.
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #10 : Abril 11, 2018, 03:38:00 am »

ojaldeb

   
   
atardecer bonito



sueños de golondrinas estampándose
contra los soles
de las ventanas
                        —el sólido asfalto—

una insiste en su vuelo
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« Respuesta #11 : Abril 11, 2018, 03:44:31 am »

carende

   
   
SIGO A LA ESPERA


LARGA ESPERA

El  espumillón se destiñe  cuando las horas y los días van deslizándose a un compás  lento y vacio, sin nuevas.
No quedarán regazadas las ausencias en el  año que termina; por el contrario, seguirá vagando la languidez silenciosa  que hostiga la armonía  y encona el alma.
Continúan los regalos bajo el árbol de navidad con sus  nombres escritos con ilusión y mimo. Permanece iluminado muchos días después de pasar las  fiestas; muestra de un  hálito de esperanza, o quizás, de querer forzar a que se cumplan los deseos. Sin embargo, se filtra por las rendijas la visión del encuentro con el hijo esperado. El  desánimo arrogante se hace eco por todo el hogar.
Voy empacando los besos con toda tristeza al igual que los adornos, y, con cada uno que descuelgo, se produce en mi pecho un desgarro.
Ni la distancia  ni el transcurrir taciturno de los días merma las ansias  de tenerlo conmigo; ni el miedo enquistado en el momento de su marcha a ese país  ignoto y lejano.
En el mismo instante que  el avión despegaba, sentí que se apresaban mis manos y su arrullo se deshacía hilo a hilo ante la sangre de mis pies helados porque pensaba, ¿y si me necesitara?
A veces,  sonrío con los ojos cerrados  e imagino  un susurro  en forma de canto que dice: madre, tu hijo por el camino viene con el suspiro apretado, con el corazón de semillas florecido y dulces brotes que  entregar a sus padres. Inhala un puñado de su tierra  como si de una rosa se tratara. Y su aliento  acelerado va abrazando a sus gentes, cual destellos de ensoñaciones. Ya brilla mi sol sobre los cerros;  los patos en el agua mansa se refrescan, vienen  contentos de llevar al río abierto, para siempre,  mi pena.

 
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #12 : Abril 11, 2018, 03:52:01 am »

Verde perdido
 
Verdor de primavera ya perdido,
aquel que fuese verde lujurioso
se vuelve sucio ocre desvaído.
 
Días ardientes del amor gozoso,
las rosas concertaban primavera,
cual Vivaldi en sonido primoroso.
 
El frío llega con la ventolera,
la hoja se abandona ya a su suerte
y en su inútil agarre desespera.
 
Hojas caídas que en su breve muerte
se llevan otro año en su extravío,
juegos del viento son, un sueño inerte.
 
                                            Nardy
14-10-05
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« Respuesta #13 : Abril 11, 2018, 03:57:33 am »

   
La tentación muere en el estanque vestida de morado

Cuenta la leyenda que en un lugar de Inglaterra, en su vasta historia de latidos ancestrales, los lotos son sabios, y muy blancos, de lino venturoso, cambian a color morado, al intuir traiciones cerca del estanque donde posan sus espíritus. Tanto es así que lady Camille, mujer de clara conciencia y alta condición social, vivía en la Inglaterra victoriana en una mansión donde Flora caprichosa dió forma a la belleza en su pasión aquiesciente con las rosas. Aún se percibe su brisa en el corredor acristalado que da a las escaleras de un mármol altivo y distante, escalinata donde los retratos de sus antepasados nos miran con ilustre lentitud.  Esta dama sólo se conmovía por las risas bulliciosas de las mujeres que habitan la casona, su perfume iba a enredarse a los serenos tilos, donde cada día, a su rubia sombra, disfrutaban del té en un ritual casi sagrado.
 Lady Camille era una mujer de hondos secretos, poco tiempo atrás, la presentaron en sociedad, en uno de los salones átavicos de la casa; no mostró jamás el menor rasgo de frivolidad,  su brillantez, la hacía merecedora de todas las miradas de la corte.Y, sin embargo su carácter se volvía meditabundo y huidizo y era poseída por una extraña maldición.
Este hecho, que no pasó desapercibido a sus hermanas,  acrecentaba su fuerza en noches de luna llena, cuando el sudor de los narcisos se hace irrespirable en aquel largo y cálido verano.
Un antiguo misterio se preñó en sus entrañas, envuelto en la placenta del pesar, convirtiéndola en un ser frío y oscuro.En un resplandor fijo, interminable, deja caer su melancolía en el estanque de los lotos, donde se iba a refugiar cada vez que le era imposible conciliar el sueño. Una de esas noches, cuando las luces van a dormir al  collar violeta del último crepúsculo, y reinaban las tinieblas, el tiempo se arruga sobre su rostro, pálido y trémulo, en el azul de sus pupilas, y se pudo ver la silueta de un caballero vestido de terciopelo y capa negra azabache que brillaba en la oscuridad.
No había salido  de sus sueños, era Lord Chartell, descendiente del rey Arturo y su prometido, el cual, sintiendo la tristeza de su amada, fue en su busqueda atravesando los muros del jardín. La deseó con una violenta insolencia, los dos amantes se fundieron en un abrazo ancho, como los acrecentados ríos de Babilonia. El gorjeo de la alondra les envió una mirada suplicante y Lady Camille fue recorrida por un intenso escalofrío, trayéndole a la mente el pacto de la vieja profecía. Su abrazo era un enigma que no sabía descifrar, no contaba con el oráculo que la salvase. Su padre, el día de su bautizo en el patio de los olivos, los que elevan sus plegarias a los dioses, con sus ramas extendidas hacia el cielo,  la encomendó a las esferas celestes como tributo, no había de quebrantar tal alianza.
Era necesario que ingresara en la solitaria celda de un convento, situado en la cima de la colina, donde los dioses van a jugar con sus doncellas, a sembrar lilas en las tumbas de sus madres, entre las perfumadas hierbas, allí salvaría el honor que las altas estrellas quisieron arrebatar a su anciano padre, de largas barbas muy blancas y ojos rojizos, espejo del llanto incendiado por sus lágrimas al comprometer la felicidad de su hija.
Este pacto equilibraba el orden.
Hubo de renunciar a su amor, en esta víspera que no será la última de todas las batallas de los dioses, donde expían las tentaciones y pecados de los mortales en un fragor idéntico al del trueno.
Desde entonces, se dice que en el estanque de La Mansión de los Tilos, los lotos cambian el color de sus pétalos a morado cuando, en el otear del horizonte, hace su presencia vestida de terciopelo negro, la traición.
 
Mª  Antonia

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« Respuesta #14 : Abril 11, 2018, 04:10:23 am »

CIELO IGNOTO


Cuánta tristura me impondrá la vida.
Cuántos envites sufriré en silencio.
Mófase el sino con flagrante inri.
Llora mi pecho.
 
Lastra mis hombros la espernible cruz:
cuitas, dolores de un ayer sangrante.
Sufre mi espíritu al quererte tanto.
Dagas mordaces
 
Vuelan fragmentos de utopías tontas,
nimios despojos que reclama el norte.
Plúmbeas nubes me dejó tu ausencia.
Cantos sin voces.
 
Vuelas, alondra, por un cielo ignoto,
 huyes del campo donde fuimos juntos,
almas amantes en entrega ardiente.
Sigue tu rumbo.


Raúl Valdez

06/12/2010
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