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Ricard. In memoriam, 7 de agosto de 2009.
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Autor Tema: Julio 2018  (Leído 1413 veces)
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #30 : Agosto 02, 2018, 11:00:26 pm »

RACIMO FECUNDO.
 
¡Que te festejen los dioses con liras!
¡Que las arpas se pulsen en tu honor!
¡Derrame la azucena su rubor
a los rezos rojizos de las piras!
 
Cabriolas de unicornios y sus iras
transmiten a  los ángeles tu ardor,
resplandeciente Uno y Trino, Amor.
Ya en sus moradas con Jesús suspiras.
 
Corona de laurel en tu cabeza
pues supiste adorarme hasta el extremo,
sutil, ágil autor de tu proeza.
 
Mi nave condujiste con tu remo,
salmos por tus vigilias y pureza.
¡OH, Racimo Fecundo, nada temo!

MªAntonia
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #31 : Agosto 02, 2018, 11:01:34 pm »

CARICIA


Cual sutil aura
invadiste mi mundo.
Lene caricia,
trayendo en tu frescura
la esencia del amor.


Raúl Valdez
 
02/17/2005
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #32 : Agosto 02, 2018, 11:05:36 pm »


   
Una de romanos

AVE LUCIO

Siento decirte que no podré devolverte a tu criado, a tus remeros ni tu navío. El desafortunado sirviente, nada más llegar a mi villa, cayó presa de las fiebres y murió. Nada más lejos de mi espíritu que criticar tu gestión de los recursos humanos, tus esclavos son tuyos y me libren los dioses de que se me pueda acusar de entrometido, pero he de decirte, ya que ver estas cosas es mi día a día, que los esclavos procedentes de Iberia, Grecia, Egipto, sur de la Galia e Italia, suelen sufrir esa clase de inconvenientes cuando se les pide un viaje desde sus cálidas tierras a esta zona tan inhóspita y llena de bárbaros. En cuanto a los remeros, sólo decir que se dieron a la fuga, deseosos, supongo, de refocilarse con todas las rubias y pelirrojas que esta hermosa tierra alberga. No son pocas y en consecuencia estimo que se tomarán un tiempo en volver y quizá ni regresen a Roma. Cabe añadir que el navío quedó hecho una pena. Era más útil despiezarlo para hacer leña que obligarle de nuevo a navegar. Confío en que estés de acuerdo con mi decisión. Siempre lo decías en nuestras correrías de antaño “Más útil es, más piadoso y más barato, Tito, criminal ejecutado que patricio en el exilio”. Sólo apliqué tu máxima.

Confío en que trates bien a mi esclavo celta. Él, joven, alto, fuerte y aguerrido, como buen hijo del trueno, tolera estos largos viajes por mar y con mal tiempo sin problemas. Eso sí, requiere un cierto mantenimiento, pues los de su raza devoran como el Dios Saturno. Si decides dejarle catar el vino, que lo pruebe con mesura, o si no te arriesgarás a que te deleite con el más estruendoso repertorio melódico, por llamarle de algún modo, de su tribu natal.

Hazme caso. No es un espectáculo agradable, como tampoco lo es el oponerse a él físicamente. Sólo reconoce mi autoridad.

Doy por hecho que asumirás, mi querido Lucio, los costes del navío en que ha venido mi esclavo, así como los gastos de la tripulación y del susodicho. Como dije anteriormente, mi esclavo tiene un mantenimiento. Permanecerá allí hasta que conozca Roma, pues existen unas gestiones acumuladas por hacer, de naturaleza tan vital que son mortales, y, además, a mi pobre esclavo le apetece expandir sus horizontes, pues debido a sus circunstancias y condición no ha visto mucho mundo.

Supongo que esto no ha de suponer molestia alguna, pues hay constancia testimonial y escrita de que yo debí costear a tus hombres cinco meses (hasta que desaparecieron) mientras aquella terrible epidemia de disentería les diezmaba, ya que se encontraban aislados de su patria y su señor, y yo era el referente romano más cercano que tenían. Como buen amigo tuyo, no te trasladaré la factura de mi físico, pero con mis testigos en la mano puedo asegurar y aseguro que la factura fue cuantiosa.

Quiero expresarte mi más profundo agradecimiento por haber cuidado a mis jilgueros en mi ausencia. Fue un hermoso gesto mantenerlos en tu villa después de haber persuadido al César de enviarme a este destino tan ilustrativo para mi formación militar y política. Agradezco también el enorme despliegue que has hecho para comunicarme que los jilgueros han muerto y que mi enamorada, cansada de esperarme, ha sido prometida a tu hermano en matrimonio. Y bueno, te escribo para decirte que hoy llueve, que cada vez que siento el azote del reuma pienso en ti y que tengo ganas de que me escribas contándome de tu salud.

TU AMIGO TITO
Alpha_Centaury
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #33 : Agosto 02, 2018, 11:55:06 pm »

Tres vueltas de llave

De ella apenas conocía su silueta, lo poco que dejaban traspasar los visillos de su ventana. Siempre la imaginé triste, deambulando, sumida en sus pensamientos; tal vez la música que día tras día junto con alguna trasnochada tarde llegaba desde su apartamento, me hacia percibirla así.

Un eterno Sabina cantaba desgarrado.  Creía poder reconocerla en cualquier parte. En numerosas ocasiones había fantaseado con un encuentro casual con ella.  Ya saben, un cruce de miradas, un imprevisto roce en el ascensor. Cuarto C,  A. García, esto era lo único que se leía en su buzón, Amalia, Alicia, Alma, Aurora, Arabela...  yo seguía especulando con su nombre; Alma; para mí sería Alma.

Me acostumbré a llegar pronto a casa, intentando no hacer ruido, todos mis sentidos permanecían alerta a cualquier sonido que procediera de su estancia. Escuchaba cómo Alma abría la cerradura, tres vueltas de llave, y un sigiloso cerrar,  dos pasos y el bolso aterrizaba en el sofá; casi al mismo tiempo Sabina cantaba “ llegas demasiado tarde, princesa”  y  así era: tarde a mi vida.
Alma y yo teníamos un horario  parecido. Si hasta ese momento no habíamos coincidido al salir por las mañanas,  era sobretodo porque yo retrasaba mi salida hasta que ella cerraba su puerta, tres vueltas de llave, y  yo  exhalaba un  suspiro detrás de la  mía, preparado para salir.

Pasaría todo el día esperando llegar a casa. Aguantando la murga de unos y  otros,  los cuchicheos a mi espalda, para ellos yo era el raro, el que no hablaba, no contaba nada sobre su  vida anterior. No  tenía ninguna intención de trabar algún tipo de relación con ellos, aparte de la necesaria para desempeñar el trabajo. Solamente  con el de contabilidad parecía estar más en sintonía. Como un acuerdo tácito, compartíamos mesa durante el almuerzo, él se enfrascaba en su periódico y yo en el mío.  Bastaba con unos buenos días, y media sonrisa.

Abstraído como andaba, no me di cuenta de que el contable realizaba el camino de vuelta a casa unos metros detrás de mí. Tampoco sé qué lo alentó aquel día a alcanzarme, a seguir caminando a mi lado sonriente y dicharachero; durante dos años  sólo  habíamos cruzado los buenos días y poco más. Persistía en su camino a mi lado, yo, enojado, apretaba el paso, y él seguía, bla..bla..bla. Bruscamente, me detuve delante del portal, a la vez que, atónito, veía cómo el contable, sonriente, sacaba un llavero del bolsillo, y dirigiéndose a mí decía;  Cuarto C , ya sabes dónde tienes tu casa.
 Erial
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #34 : Agosto 03, 2018, 12:06:28 am »

Besos de luz

Afloran tus sentidos.
Juega con la alegría,
descubre tus caminos


lejos del horizonte.
Escucha los matices
de las nubes. Acordes


de arcanos infinitos.
En tus ojos se agitan
besos de luz muy tibios.

Liliana Valido
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #35 : Agosto 03, 2018, 12:24:21 am »

CECILIA

La noche en que quedé con Cecilia –noche cálida de finales de primavera, a la luz de las velas, lo bastante cerca del mar y alejado del centro para escuchar el rumor de las olas- era un amasijo de nervios bajo una máscara cortés. No tenía expectativas; mejor dicho, quería pensar que no las tenía. Los días anteriores a su llegada se me hicieron eternos, no dejaba de mirar el reloj con la sensación de que el tiempo se había detenido, sólo por jorobar. Temía que por la misma razón, en el momento de la verdad pasara demasiado rápido. Claro que tenía miedo, ¿quién no lo tendría? ¿Alfredo? Él no se había comido un rosco en la vida, aunque gustaba de tocarle el culo a la primera que se le pusiera por delante. ¿Agustín..? Agustín, quizá no.
   Cuando levantaba la pantalla del portátil me recorrían grandes escalofríos. Me quedaba mirando mi reflejo difuso en la negrura unos segundos, sólo para volver a cerrar el ordenador y desconectar la corriente. Eso los últimos días; entonces incluso agradecía las voces de mi madre: ¡Son las once, deja el ordenador y vete a dormir ya! Antes de eso estaba feliz, conectado al Messenger a todas horas. Las palabras bonitas y la fluidez dominaban cada conversación. ¡Era tan diferente a la realidad!, ¡y tan real!
   La noche en que quedé con Cecilia me vestí con unos pantalones negros y una camisa; por una vez en la vida utilicé la colonia, olvidada en un estante desde Reyes. Cecilia -¡cómo saboreaba su nombre! Pronto podría, también, pronunciarlo- llegaría en tren a las siete y media. Había logrado convencer a mis padres para que me dejaran volver a casa a las diez, aunque no les había revelado el objeto de la tardanza.
   Mientras caminaba hacia el local donde esperaría, imaginaba cómo podría cambiar mi vida a partir de ese momento. Habíamos hablado mucho sobre ello –siendo riguroso, escrito-, quiero decir, Cecilia y yo, pues teníamos intereses muy parecidos. Sonriendo, recordé cierto descabellado plan para escaparnos juntos a cualquier parte del mundo. Movido por el peso de la balanza también pensé en lo otro, en lo Innombrable. ¿Y si sucedía lo innombrable? ¿Y si a partir de ese día, sólo veía el muñequito rojo junto a su nombre? Lo entendería, aunque me costara, ¿acaso no era así el mundo real? Bueno, ¡pues ya había cumplido los doce! Estaba acostumbrado.
   La noche en que quedé con Cecilia recuerdo que estuve a punto de quedarme en casa. Aquello ya no sería una simple conversación digital, sino algo mucho más serio. ¿Estaba preparado? Tal vez no…; pero tenía que estarlo. No conocía a nadie mejor que a Cecilia, ¡ella tenía que ser la persona adecuada! ¿Quién si no? ¿Natalia, que no dejaba de pellizcarme y lanzarme miradas en medio de clase, con esos ojos tan profundos y negros? ¿María, que inexplicablemente se encogía asustada y se alejaba de mí en cuanto intentaba acercarme a ella? Cecilia era diferente, era un ideal.
   Me senté en la terraza a las 20:25. Estaba anocheciendo y un camarero iba de mesa en mesa encendiendo las velas. Me entretuve en contar los barcos que aún podían verse en el mar. Las 20:30. ¡Qué nervios! Notaba el corazón muy acelerado, no podía dejar de mover las piernas… Las 20:40. Cecilia tendría que haber llegado hacía diez minutos. Me puse aún más nervioso. Cuando medio minuto después sonó el móvil creí que me iba a dar un infarto. Lo saqué del bolsillo entre temblores. No sé si me sentí aliviado al leer el nombre de Pedro en la pantalla. No iba a ser capaz de hablar, de modo que dejé que siguiera sonando. Al rato volvió a intentarlo y le corté la llamada. Eran las 21:00 y Cecilia no había llegado aún. Pedro llamó por quinta vez. Harto, acepté la llamada y saludé. Él no respondió inmediatamente. En su lugar se oyeron algunos ruidos y lo que parecía una risa encubierta. ¿Pedro? –dije. Su respuesta echó por tierra todas mis expectativas. ¡Que te lo has creído!
   Sería exagerado decir que me enfadé con ellos más que conmigo mismo; aún menos con Cecilia, esa chica incorpórea, esa mentira.
   La noche en que quedé con Cecilia me di cuenta de muchas cosas. No sé de cuántas me acuerdo, pero lo peor ha sucedido; ahora veo el muñequito rojo al lado de su nombre, y no me entran ganas de conocer a otra Cecilia. En clase llueven las risas a mi paso. ¿Os lo podéis creer? Sólo María no se mofa, y Natalia, asombrosamente, ha dejado de pellizcarme.
 Dage
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #36 : Agosto 03, 2018, 12:42:45 am »


Mac de la Torre

El no Poeta

Pertinaz e infame hado
yo resisto tu señuelo,
¡arruina ya  mi desvelo!
Ojos en surco tostado.

Sintiéndome ruin bagazo
confina mi juicio al diestro,
si no conozco maestro,
de sabias letras ni trazo.

Como navío varado
soles conté con recelo,
cogí la pluma del suelo
en tregua con el tarado.

Arrogante, afloja el mazo,
raspa mi rostro siniestro,
tan rico convite vuestro
naciente de un novel lazo.

El guardián sutil y osado
me mostró radiante al cielo,
mira al frente con anhelo,
concluirás  roto y cansado.

Frunció la tinta un abrazo
esclava de lo que muestro,
terminé con mi secuestro;
oda libre en mi regazo.
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #37 : Agosto 03, 2018, 12:46:33 am »

altabix


   
Mi cara en tu espejo

Si miras verás mi cara en tu espejo,  una mirada que se clava y te deja sin hablar.

Porque me viste y me quisiste; como se canta un bolero.

Porque me miraste  a los ojos y me amaste sin temblar, tu mirada  cálida, amorosa y sencilla.

Me dijiste que me amabas y no  me olvidarías.

 Con el paso del  tiempo,  una fuente de hielo creció entre tus ojos y mi alma.

Y te añoro apasionado, como se quiere a un hijo, como se aguanta al dolor.

Y eres al fin un recuerdo plácido,  frustrado abrazo,  desatino doliente.
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #38 : Agosto 03, 2018, 12:47:56 am »


Huida

Busco, huyendo entre ruinas negras,

- mi destino: la deserción  -

los temibles ojos  del pánico.


En la indiferencia me ocultas,

tras la tenue brisa, tus palmas.

El tul de sombras infinito

se nutre de cortes al biés.


Eterna y salvaje apatía:

la diáspora fugaz de besos.


Corregido en el foro Metáforas de Diana Gioia.
(c) María Teresa Aláez García. Mayte Aláez. Mtiag.Pernelle.
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