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Ricard. In memoriam, 7 de agosto de 2009.
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Autor Tema: Octubre 2018  (Leído 26 veces)
0 Usuarios y 1 Visitante están viendo este tema.
María Teresa Inés Aláez García
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« : Octubre 04, 2018, 08:54:40 pm »

ojaldeb

   
Temporada tres en metáfora


¿Cuántas chinas
        caben
        dentro
      de una bota
                      enamorada?
     ¿Cuánto encono en la luz de un cuchillo sagaz?
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #1 : Octubre 04, 2018, 08:55:59 pm »

EL SILENCIO

El frenesí de una aflicción cautiva
busca el callado  Olimpo que redime   
el fuego delirante de la liza,
desatando del alma nudos tristes.

Allí, en la complacencia del silencio,
de fulgor se corona  la armonía,
y engarzándose dúctilmente al viento
pulula en la fragancia de las lilas.

Constriñe contumaz  el escenario,
embeleco de amor, también de sangre.
Aprehende su  embrujo  regresando
al maná vigoroso y dominante.   

¡Quimeras; sombra de luna en las albas!
Encubre los  retazos de deseos.
Retorno  a tus regiones  silenciadas   
a  solazar sometidos anhelos.

Carende
29-09/10
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #2 : Octubre 04, 2018, 08:57:57 pm »

Ricard Monforte
   
Quinteto

Ojos pulcros, portales de alegrías,
boca de brisa, brescas de dulzura
me contaron, mi bien, que me querías,
y abrigo obtuve en la sutil ternura
etéreo cendal con que dormías.
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #3 : Octubre 04, 2018, 08:58:57 pm »


Ricard Monforte



   
La tentación muere en el estanque vestida de morado

Cuenta la leyenda que en un lugar de Inglaterra, en su vasta historia de latidos ancestrales, los lotos son sabios, y muy blancos, de lino venturoso, cambian a color morado, al intuir traiciones cerca del estanque donde posan sus espíritus. Tanto es así que lady Camille, mujer de clara conciencia y alta condición social, vivía en la Inglaterra victoriana en una mansión donde Flora caprichosa dió forma a la belleza en su pasión aquiesciente con las rosas. Aún se percibe su brisa en el corredor acristalado que da a las escaleras de un mármol altivo y distante, escalinata donde los retratos de sus antepasados nos miran con ilustre lentitud.  Esta dama sólo se conmovía por las risas bulliciosas de las mujeres que habitan la casona, su perfume iba a enredarse a los serenos tilos, donde cada día, a su rubia sombra, disfrutaban del té en un ritual casi sagrado.
 Lady Camille era una mujer de hondos secretos, poco tiempo atrás, la presentaron en sociedad, en uno de los salones átavicos de la casa; no mostró jamás el menor rasgo de frivolidad,  su brillantez, la hacía merecedora de todas las miradas de la corte.Y, sin embargo su carácter se volvía meditabundo y huidizo y era poseída por una extraña maldición.
Este hecho, que no pasó desapercibido a sus hermanas,  acrecentaba su fuerza en noches de luna llena, cuando el sudor de los narcisos se hace irrespirable en aquel largo y cálido verano.
Un antiguo misterio se preñó en sus entrañas, envuelto en la placenta del pesar, convirtiéndola en un ser frío y oscuro.En un resplandor fijo, interminable, deja caer su melancolía en el estanque de los lotos, donde se iba a refugiar cada vez que le era imposible conciliar el sueño. Una de esas noches, cuando las luces van a dormir al  collar violeta del último crepúsculo, y reinaban las tinieblas, el tiempo se arruga sobre su rostro, pálido y trémulo, en el azul de sus pupilas, y se pudo ver la silueta de un caballero vestido de terciopelo y capa negra azabache que brillaba en la oscuridad.
No había salido  de sus sueños, era Lord Chartell, descendiente del rey Arturo y su prometido, el cual, sintiendo la tristeza de su amada, fue en su busqueda atravesando los muros del jardín. La deseó con una violenta insolencia, los dos amantes se fundieron en un abrazo ancho, como los acrecentados ríos de Babilonia. El gorjeo de la alondra les envió una mirada suplicante y Lady Camille fue recorrida por un intenso escalofrío, trayéndole a la mente el pacto de la vieja profecía. Su abrazo era un enigma que no sabía descifrar, no contaba con el oráculo que la salvase. Su padre, el día de su bautizo en el patio de los olivos, los que elevan sus plegarias a los dioses, con sus ramas extendidas hacia el cielo,  la encomendó a las esferas celestes como tributo, no había de quebrantar tal alianza.
Era necesario que ingresara en la solitaria celda de un convento, situado en la cima de la colina, donde los dioses van a jugar con sus doncellas, a sembrar lilas en las tumbas de sus madres, entre las perfumadas hierbas, allí salvaría el honor que las altas estrellas quisieron arrebatar a su anciano padre, de largas barbas muy blancas y ojos rojizos, espejo del llanto incendiado por sus lágrimas al comprometer la felicidad de su hija.
Este pacto equilibraba el orden.
Hubo de renunciar a su amor, en esta víspera que no será la última de todas las batallas de los dioses, donde expían las tentaciones y pecados de los mortales en un fragor idéntico al del trueno.
Desde entonces, se dice que en el estanque de La Mansión de los Tilos, los lotos cambian el color de sus pétalos a morado cuando, en el otear del horizonte, hace su presencia vestida de terciopelo negro, la traición.
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #4 : Octubre 04, 2018, 08:59:52 pm »

BARDO SIN SUERTE


Savia de olvido necesita un bardo,
urge calmar su inmitigable pena.
Obra en el músculo un ardiente dardo.
Flébil condena.
 
Cada segundo lo mutila, fiero.
Cae rendido con el alma rota.
Tiñe su pénsil de color austero:
negra derrota.
 
Dice la luna que un juglar sin suerte
yace a la sombra de un vetusto encino,
preso en el mutis de la fría muerte.
Gurdo Destino.


Raúl Valdez

08/27/2010
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #5 : Octubre 04, 2018, 09:01:06 pm »

Alpha_Centaury

   
Infierno de aire

Odio mi infierno de aire,
secuestrador de pupilas,
le detesto por cobarde,
me encadena a la rutina;
rebelde, sigo adelante,
arracando mis esquirlas,
arderán los almanaques
en el vuelo a la salida.
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #6 : Octubre 04, 2018, 09:02:19 pm »

Erial

   
La espera


No siempre, al mirar por la ventana, pretendo abarcarte,   
en ocasiones busco tu pupila en mí.                                   
Difundo  un  goteo de cuentas  a tus pasos.                   

Aciagas  señales,  no desvíes mi antojo       
y, sin armadura, decidas  obtener  tu destino.
Acudes, ciego, al  sepulcro donde moras.

De las meigas que te prenden, una aguarda a  tu puerta,   
yo, para  ti, continúo remozando la piel. 
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