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Ricard. In memoriam, 7 de agosto de 2009.
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Autor Tema: Diciembre 2018  (Leído 1545 veces)
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María Teresa Inés Aláez García
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« : Enero 11, 2019, 04:13:55 »




De la Música al Amor

El eco de una canción                 
es el cadente quejido                   
del poeta zaherido                       
en el quid de su pasión.                 

Querer desnudo, insolente;             
con majestad se derrama               
y en allegretto proclama                   
un amor impenitente.           

Esencia en frugal conquista,                     
exquisitez y dulzura                       
alejando la amargura                               
de nuestra alma hedonista.                   

Versos vestidos de amante,                         
solaz de musas canoras,                         
acompasando las horas                             
de ignoto y fugaz instante.                             

Ritmo y fusión  rinden goces,                     
loan Afrodita y Eros ;       
tangos, sonatas, boleros, 
deleite de tiernas voces.

    Rosa (7/10/2011)
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #1 : Enero 11, 2019, 04:15:25 »

http://www.metaforas.com.es/diana-gioia/versos-blancos/15-16culmendecadas/

(15-16)Culmen/Décadas
© 2015 A.Emma Sopeña Balordi

Esplendor ISBN: 978-15-0888-438-5



 

CULMEN
Date prisa, me entibio
y los besos remotos se diluyen
en lágrimas huidizas.
Apresúrate y trae
el culmen insaciable,
tu Esplendor en la Hierba.
 



 

DÉCADAS
 

Ven. Acaricia mis sentidos. Víbrame.
No dejes ni un milímetro de tregua.
Sólo tu voz no nutre la demora,
ni tu imagen estática el vacío.
Si conjugas tu piel con mi pulsión,
si tus ojos respiran con los míos,
colmaremos las décadas errantes.
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #2 : Enero 11, 2019, 04:16:09 »

   
PROSTÍBULOS CELESTES (A Calendo, por su inestimable ayuda)



Al alimón mis hadas y el solsticio,
avivan a la luna los cencerros.
Guachajes entre el néctar de los cerros
aturden  al fantasma del suplicio.

Olvide la manigua el alimoche,
silencien su salmodia los alanos,
resurjan en el valle los paganos
gorjeos y guajiras de la noche.

Prostíbulos celestes, servidumbres,
dejad de reprender a los erales;
es tiempo de bruñir las lentejuelas.

¿No veis un horizonte de relumbres?
 Dispersas en la luz de los trigales,
perfuman su color las acuarelas.

augustus
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #3 : Enero 11, 2019, 04:17:12 »

Suturando los recuerdos


Entre tu boca y la mía     
hay un muro de silencios,   
paredes de desencanto     
y puñales al acecho.     
Las sonrisas esfumadas     
en plenilunios acerbos       
divagan con las zozobras     
de culpas matando sueños.   
Se empoderan del espíritu   
los primitivos espectros.     
Los abisales grilletes     
enmarcan el embeleso     
y acopian en mi techumbre   
sus bacanales de miedos.   
No permitas que el adiós,   
de las palabras incrédulo,   
dificulte con sigilo     
la expresión del sentimiento,   
manifiesta de tu músculo   
los sentires deletéreos,     
absorberé los enconos       
con algodones y sépalos     
entonando partituras     
que suturen los recuerdos.   
Abandónate en mis iris,
vuelve a ser niño de nuevo.

Albadiosa
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #4 : Enero 11, 2019, 04:41:58 »

Dos razones

Con mi más dulce recuerdo
hoy pinto de verde el alma,
va retornando la calma
a mi orbe poco cuerdo.

Agudo me muerde el frío
y la absurda indiferencia.
Ya se agotó mi paciencia
ante el cruento desafío.

Procuro salir airosa,
tengo dos grandes razones,
no bastan los corazones
busco la fe poderosa.

Quiero apartar las espinas
para que avancen los pasos,
hacia remotos ocasos,
en camino sin calinas.

Ruego coraje y ventura
en la marcha consecuente
para sembrar la simiente
de fortaleza y ternura.

Gisela Cueto Lacomba
26 de diciembre del 2012
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #5 : Enero 11, 2019, 04:52:13 »

Wella

   
Romance utópico

Despierto de mi asombro, estupefacta,
te soñé con sobrado realismo
y en este trance dudo de la abstracta
idea de la vida y su atavismo.
Escojo un largo sueño, estoy intacta
si procuro dormir en el abismo.
Fue inútil despertar si en un instante
se fuga la utopía con mi amante.
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #6 : Enero 11, 2019, 05:39:53 »


mariaValente

   
COMPAÑERO

No hablaré de tu partida   
-sinrazón descomunal-
como aciago vendaval.     
Sí de la ausencia transida,
por la verdad aprendida   
de tu musa silenciada.       
Sueña tu ilusión segada,       
entre tus dedos reposa   
el polvo de mariposa   
que deja la luz usada.     
                                                   La luz usada deja
                                                   polvo de mariposa entre los dedos.
                                                   Jaime Gil de Biedma
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« Respuesta #7 : Enero 11, 2019, 05:41:42 »

Irene

EL ÚLTIMO TRAQUETEO

De nuevo, la seda intentaba atraparme en su capullo, mas mi rápida

metamorfosis me lanzó a un tren destartalado y casi vacío. No teníamos

AVE,  por eso el extremeño de a pie prefería el coche. Yo debería haber hecho lo

mismo, pero cuando mis alas se extienden es imposible pararme. A pesar de mi

ansiada soledad, penetré en un compartimento donde una joven se columpió en

mi mirada.

-Buenos días- susurré con respeto. Su figura y rostro me llevaron a tratarla con

cierta cortesía. No contestó, sólo sonrió.

  Movimiento y silencio me lanzaban en brazos de Morfeo, cuando escuché su voz: 

  -El  filón de los quince hace años que traspasó tu puerta. ¿ Recuerdas?, la

libertad inundaba tu cuerpo. Descalza, corrías por alamedas hasta los ojos del

puente.

Luego, extendías tu halo por todo el planeta, al lomo de un Rocinante moderno.

 De tu boca brotaba música de palabras aún no escritas.

- ¿Cómo te atreves?, ¿quién eres?

- Soy tu musa, te invito a que no pierdas el traqueteo de tu último tren.   
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #8 : Enero 11, 2019, 05:50:44 »

Calendo Griego



La canción de los abismos

Durable temblor de mi azul arteria,
retumbo, lamento de cerrado abismo,
con las alas rotas
hiendes cada noche la avidez oscura.

Escucho tu voz remota y herida,
sin nombre, sin nubes, sin eco en el aire.

Una vida entera tajando, invisible,
con gritos de ahogo, duros, persistentes.
Plácido puñal de mi tosca entraña.

Doloroso sueño, los días sin ti,
nonata canción.
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #9 : Enero 11, 2019, 05:52:43 »


ojaldeb

   
Algunos de los textos de mi primera temporada en metáfora



Infusa sociedad de manos puras,
presa en cárceles de afectos, que amas,
con timidez vacía, secreto miedo,
coartadas que acarician sin escrúpulo
otras muertes.
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #10 : Enero 11, 2019, 05:53:34 »


COCO Y LA MARIPOSILLA DE  CRISTAL


Era un día de mucho sol.   Las mariposas  jugaban  en el campo, iban saltando de florecilla en florecilla,  estaban tan felices, tan felices  que sus risas llegaban hasta el río que había detrás de una casita azul.

Una mariposilla se fue sola hasta el río, pues allí le gustaba dormir entre una gran hoja  de color verde, mientras  escuchaba  el ruido que hacía el agua,  pues ese ruidito le parecía una bella melodía.
Cuando iba a cerrar las alitas y los ojitos para hacer nonón, llegó a sus oídos un sonido extraño, parecían llantos, pues alguien estaba llorando mucho, pero no sabía quién era, no veía a nadie.
- Ay, ay,  ¿quién llora tanto?  - dijo la mariposilla de alas de cristal brillante, muy brillante.

Abrió los ojos y las alas muuuucho  y buscó y buscó para ver quién estaba tan triste, y  también   por si podía ayudarle .
 Allí,  en la orillita del río, estaba el cocodrilo  que tanto y tanto lloraba.
Cristal, que así se llamaba la mariposilla, se puso sobre la nariz de cocodrilo y le dijo:
-No llore, señor cocodrilo, no llore.  ¿Puede decirme qué le hace sentirse tan triste? ¿Qué le ocurre?,¿tiene  pupa?

El  señor cocodrilo dejó de llorar para hablar y que la mariposilla linda pudiera entenderle.
 - Se me ha roto la colita y no podré cruzar para irme a mi casa y mis papás estarán preocupados.
La mariposa era una mariposa mágica y le dijo que le iba a ayudar; aunque el cocodrilo  no se lo creía porque era muy pequeñita y porque él no sabía que era una mariposa mágica.
- Pero, ¿cómo se llama,   señor cocodrilo -preguntó  Cristal.
- Coco, Coco, me llamo.
- Pues Coco,  espera un poquito que voy a traer tu colita.
Coco no podía creer lo que estaba viendo: la mariposa  fue a buscar la colita del señor Coco,  y haciendo un vientecito mágico con sus alas logró poner la colita en el cuerpo del cocodrilo y después dió  muchos,  muchos besitos con su pequeña boca y la colita se pegó.
Coco estaba muy feliz y la mariposilla de Cristal también.
Así que… la mariposilla se posó en el lomo del cocodrilo y cruzaron el río juntitos.
Coco le dio las gracias a su amiguita la mariposa y Coco le dijo que nunca olvidaría lo buena que había sido,   Coco le dio un besito y le dijo: "Gracias, muchas gracias", y  moviendo su colita hacia los lados y hacia arriba, se despidió con  un "HASTA PRONTO", muy, muy feliz.

Y, colorín colorado, este cuento se ha acabado.
Carende
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« Respuesta #11 : Enero 11, 2019, 06:14:15 »

Penélope

Te deseo Penélope en mi vida,
   me esperes al abrigo de ilusiones,
   mientras mi nave sea protegida
   de Circe, la alocada en decisiones.
 
   Mi barca sorteará playas amenas
   que yo no abocaré, iré sin prisas,
   eludiendo los cantos de sirenas
   que nunca anidarán en mis sonrisas.
 
   Como Odiseo voy sembrando sales
   en los campos que abonan los afectos,
   loco, perdido en ángulos de males,
   equivocados cantos incorrectos.
 
   Espérame en el mar de tu destino
   bordando las esquinas de mi empeño,
   porque regresaré en igual camino,
   directo hasta la espera de tu sueño.

Nardy
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #12 : Enero 11, 2019, 06:19:01 »

El perfume de las flores.
 
Al perfume de las flores
le cantan los trovadores.
 
Tú viertes mil perlas rojas
a mi cáliz que deshojas,
yo te bebo sin congojas.
 
Armonizan los amores.
 
Rejuveneces mis cielos,
se alejan los desconsuelos
cuando me cubren tus velos.
 
Se deshacen mis temores.
 
Enredado en la ternura
de mis senos, alba pura,
entrégate sin mesura.
 
Y relucen los candores.
 
Al perfume de las flores
le cantan los trovadores,
armonizan los amores,
se deshacen mis temores
y relucen los candores.

MªAntonia
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« Respuesta #13 : Enero 11, 2019, 09:32:59 »

A TU ANTOJO
 
 
Te adentras en mis sueños a tu antojo,
llevándome a la cúspide del sol.
Explotan mis sentidos extasiados
y corren como brasas por tu dermis.
 
Delfines en la escuna del deseo
navegan entre olas de satín,
ansiosos, tras un único cardumen
de besos y caricias coruscantes.
 
Trementes, bajo el domo celestial,
fundimos cuerpo y alma en amatoria.
Selene, convertida en nuestra cómplice,
seduce entre sus brazos a Vertumno.


Raúl Valdez
 
09/15/2010
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #14 : Enero 11, 2019, 09:53:41 »


Alpha_Centaury

EL RECURRENTE OCIOSO

A Pepe el aire no le llegaba a los pulmones. Intentaba distraer la mente, concentrándose en la decoración de la sala de espera. Tenía ya muy vistos esos números de la revista Quo, lectura preferida su dentista para entretener a las bocas que le daban de comer. Tampoco le servía lo de sintonizar con conversaciones ajenas nada edificantes, y fingir a la vez que atendía a una pantalla muda, cegada por los reflejos de la ventana y colgada en una esquina del techo.

Respiró hondo, cerró los ojos y, masajeándose las sienes con sus índices, se planteó la gran pregunta: "¿Qué le voy a contar al psicoanalista?"

Pepe siempre fue un hombre adorado por las mujeres. Atractivo, de verbo ágil, culto y bien posicionado económicamente por mérito y nacimiento, ya que su padre, miembro de una conocida empresa zamorana dedicada a la producción y reparto de sábanas, mantas y edredones, le procuró el refuerzo logístico necesario para favorecer el brillo de su propio talento. Además, le confería un aire interesante su tumultuoso pasado, pues, habiendo coincidido su juventud con los revueltos años 60, pudo permitirse el lujo de ser rebelde, tontear con las drogas y vestir de forma estrafalaria… hasta regresar, como "viejo rockero apóstata",  a los buenos modos de la burguesía.


El virus de la inquietud política le había picado tempranito. De niño siempre lograba ser el delegado, no por adular a los profesores, sino por su carisma innato para meterse a los compañeros en el bolsillo. Fue panfletario en su juventud, allá donde había una huelga, allá se apuntaba él. Conoció entonces a Rita, mujer de melena hasta las caderas, en guerra con los tacones, las fajas y el maquillaje, y adicta a la marihuana, la cerveza Alhambra y los ducados, que la hicieron acreedora de un timbre de voz muy característico.

Pepe sonreía al recordarlo. Fueron muy felices en aquellos tempranos años de matrimonio; malviviendo con un trabajo a media jornada a espaldas de su acaudalado padre (con el que ni se hablaba); compartiendo con Rita vida bohemia y pasión, y participando en tertulias filosóficas y políticas con gente que jamás se iba a oponer a su discurso.

Cuando nació su primer y único hijo, Luis, las cosas cambiaron radicalmente. Pepe concluyó que se puede vivir a espaldas de la sociedad mientras no hay hijos que alimentar. Después se necesita la aprobación social para mil cosas en las que ni se repara cuando, por efecto de la juventud, nos creemos invulnerables. Tragando orgullo y suavizando actitudes, tuvo que volver al redil, a la empresa de su padre. Rita optó por cortarse algo el pelo, ponerse mechas, maquillarse y abandonar, de entre sus tres vicios, la marihuana y los ducados, conservando el hábito de beber cerveza como único recuerdo de su pasada identidad.

Ese año, se votó a Enrique Giménez como alcalde de Zamora. Pepe y Enrique habían sido los típicos amigos de toda la vida que se conocían desde que aprendieron a gatear, y que compartieron juegos como el "a ver quién mea más lejos", "a ver quién besa a más chicas", "a ver quién asiste a más manifestaciones esta semana", "a ver quién acaba antes la carrera"… hasta el "a ver quién se casa primero", que dio fin, por exigencias familiares, a su relación.

La noticia de la llegada de Enrique a la alcaldía supuso para Pepe un gran impacto. En cuanto llegó el período ferial, fue a verle A la caseta que la gente de su partido había instalado. Enrique, algo cohibido, sólo asentía cuando Pepe exclamaba: "¡Cómo hemos cambiado!, ¡tanto luchar contra el sistema y ahora estás tú a la cabeza!". A continuación, contento de tener a una figura de poder a mano, pidió un semáforo para su calle. "Ya lo estudiaré", respondió Enrique, apurado.

Pasaron los meses y Pepe fue asumiendo que no tendría ni semáforo ni amigo. Se enfadó y descubrió que el poder, en lugar de corromper, tal vez sea el mejor instrumento para revelar la auténtica naturaleza de las personas. Pepe resolvió hacerle la alcaldía lo más incómoda posible. Sólo contaba con dos armas: la económica (negarle cualquier apoyo empresarial) y la prensa, el cuarto poder, acaso el más importante. Pues bien, los utilizaría.

Pepe perdió horas de sueño, de comer y de vivir, por el bien de su ciudad. Nuevamente la gente del barrio lo veía manifestándose por las calles, fotografiando como un desesperado toda barrera arquitectónica que se encontrara, achacando al Ayuntamiento cualquier eventualidad (motivo que le llevó a ser el presidente emérito de su comunidad de vecinos, de la Asociación de Padres y Madres del colegio y, posteriormente, del instituto de su hijo) y, en suma, siendo la novia en las bodas, el niño en los bautizos y el muerto en los entierros. Si había que firmar algo, lo que fuera, su nombre era el primero. Si había que llamar a la prensa, él la llamaba y hacía todas las declaraciones pertinentes. Si había que denunciar, él imprimía su firma y se hacía cargo de las gestiones. ¿Que ganaba sus pleitos?, se apuntaba un palitroque. ¿Que perdía?, recurría. Se familiarizó de este modo con las leyes y sus trampas, hasta el extremo de ser más eficiente que muchos abogados en materia de Derecho Civil.

Las opiniones de quienes le conocían iban por dos caminos distintos. Unos nombraron a Pepe "Ché del barrio" y le aplaudían cualquier iniciativa, pues sacaban beneficio sin desgaste alguno. Otros opinaban de él que era el tonto de la procesión que por llamar la atención se colocaba delante de los caballos. Mas unos y otros le votaban; no conocían a nadie con más ganas de cargar con los problemas del mundo – y, menos, de solucionarlos-.

Pepe encontró así una vía para canalizar sus inquietudes… y, mientras tanto, Rita se volvía un ama de casa gris y Luis un niño tímido, apocado y tartamudo del que compañeros y profesores, de forma solapada o pública, se burlaban.
En estas ideas se dispersaba su mente cuando aquella chica de voz algo nasal e infantil dio el aviso de que Jaime Sánchez, psicoanalista, le aguardaba en su consulta.

- Buenas tardes, Don José – saludó Jaime, con un apretón de manos – bienvenido a mi consulta. Disculpe mi retraso al atenderle, pero tengo por costumbre organizar mi agenda de tal modo que quienes acudan a mí por primera vez se den un tiempo para reflexionar. Hable, le escucho.

Pepe, tras carraspear, le relató al doctor los recuerdos que habían ido acudiendo a él en esa media hora y le expuso el motivo de su visita: no se encontraba a sí mismo, desconocía en qué momento se había perdido. Su mujer dejó de ser su mujer (se divorciaron), su hijo dejó de ser su hijo (Luis no quería verlo ni en fotografía) y había caído en una depresión de la que se veía incapaz de salir.

Tras las sesiones de rigor en las que Jaime condujo a Pepe por el angustiante camino del ego, el yo, el súper- yo, los traumas infantiles, las problemáticas sexuales y los deseos reprimidos, manifestó su veredicto:

- Creo ver claras las líneas maestras de mi diagnóstico e intervención... Verás, desde mi dilatada experiencia profesional, aprecio que sufres el llamado "síndrome del recurrente ocioso". Suele darse en homosexuales reprimidos que inconscientemente fantasean con el alcalde de su ciudad. Otro profesional relacionaría tu malestar con tu divorcio; pero lo más obvio es que Enrique Giménez dejó de ser reelegido en su puesto el año pasado. Actualmente, según leí ayer, se ha retirado a pastar cabras a la sierra de Abrucena… ¡Ve a por él, hombre!, ¡ataca!, ¡igual te hace caso!

Pepe, sin saber cómo encajar la noticia, se marchó corriendo y llorando de la consulta.

Rita, que cinco años atrás había logrado convertirse en Jaime, reía en su silla y se mesaba la barba, satisfecha por haber llevado a término su venganza; el pago por tantos años de abandono.

La recepcionista, aquella chica de voz aflautada e infantil, dio paso de nuevo al siguiente sin inmutarse.
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