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Ricard. In memoriam, 7 de agosto de 2009.
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Autor Tema: Enero 2019  (Leído 1071 veces)
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #15 : Marzo 05, 2019, 11:22:12 »

ojaldeb


¿Cuántas chinas
        caben
        dentro
      de una bota
                      enamorada?
     ¿Cuánto encono en la luz de un cuchillo sagaz?
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #16 : Marzo 05, 2019, 11:37:18 »

EL MIEDO


Iba abriendo puertas para mostrar la vivienda  a los nuevos inquilinos;  todavía estaba  tal y como quedó el día en que, por última vez, la visité para llevar unos encargos.
En la casa habían cds de música por todas las habitaciones, de diversos estilos;  muchos libros, dos bicicletas, la colección de objetos indios. Su  vieja guitarra, sobre una silla,  me transportó a   su imagen,  viendo sus largos dedos, ágiles sobre las cuerdas, intentando, con gestos de concentración, sacar los acordes precisos para su nueva composición. Me di cuenta de que me estaban haciendo una pregunta, con mucha delicadeza  hice que me la repitieran y  seguí  mostrando la vivienda.
Deseaba que se marcharan y me dejaran sola entre  de los recuerdos de mi hijo, el alma me sangraba y se transformaba en  un río de lágrimas que anegaba la respiración.  No podía aceptar la idea de no volverlo a ver, de no sentir los tiernos besos y las juguetonas caricias en mi cara. Recuerdos,  unos y  otros,  siempre cálidos.  Era un chico noble, sincero, de entrañas sedosas.
Todo era confuso, una carretera con mucha oscuridad, a la derecha una coche se había salido. No sé de dónde venía yo, ni donde me encontraba pero si sé que fui corriendo hasta el límite de mis fuerzas  y al llegar vi a cuatro muchachos  inertes  y con heridas, junto a instrumentos de música rotos. Fui a tocar a mi hijo cuando unos brazos me cogían y oía unas palabras, cada vez más cercanas,  que decían mi nombre  y repetían, "no llores, calma,  es un mal sueño".  Entonces,  realmente, sentí que sollozaba Y que el miedo me había sumergido de nuevo en  una terrible pesadilla. El miedo a perder a mi hijo.

Carende
21/02/2010
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #17 : Marzo 05, 2019, 11:45:20 »

   
Triste Navidad

¡Oh dulce Navidad, triste de ensueño!.
Qué mal te ven en casas del olvido,
del olvido de un Dios, quizás perdido,
dejando un nacimiento sin su dueño.
 
¡Señor!. Hay niños faltos de comida,
no precisan turrón ni exquisiteces,
sino el pan de tu amor y aquellos peces
que ofreciste en la ruta de tu vida.
 
Sin concebir motivo de abandono,
ellos siguen muriendo de la hambruna
y no quieren mirar hacia tu cuna,
lo harían con los ojos del encono.
 
Pobre la Navidad cuando consientes
esta desigualdad en que se canta
por un lado, canción que al hambre espanta,
por otro, villancicos complacientes.
 
No soy nadie, al haberte censurado
me duele si te sientes ofendido,
tú relegaste un mundo que, afligido,
olvida a quien a ellos ha negado.

Nardy
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #18 : Marzo 05, 2019, 11:51:12 »

   
La tentación muere en el estanque vestida de morado

Cuenta la leyenda que en un lugar de Inglaterra, en su vasta historia de latidos ancestrales, los lotos son sabios, y muy blancos, de lino venturoso, cambian a color morado, al intuir traiciones cerca del estanque donde posan sus espíritus. Tanto es así que lady Camille, mujer de clara conciencia y alta condición social, vivía en la Inglaterra victoriana en una mansión donde Flora caprichosa dió forma a la belleza en su pasión aquiesciente con las rosas. Aún se percibe su brisa en el corredor acristalado que da a las escaleras de un mármol altivo y distante, escalinata donde los retratos de sus antepasados nos miran con ilustre lentitud.  Esta dama sólo se conmovía por las risas bulliciosas de las mujeres que habitan la casona, su perfume iba a enredarse a los serenos tilos, donde cada día, a su rubia sombra, disfrutaban del té en un ritual casi sagrado.
 Lady Camille era una mujer de hondos secretos, poco tiempo atrás, la presentaron en sociedad, en uno de los salones átavicos de la casa; no mostró jamás el menor rasgo de frivolidad,  su brillantez, la hacía merecedora de todas las miradas de la corte.Y, sin embargo su carácter se volvía meditabundo y huidizo y era poseída por una extraña maldición.
Este hecho, que no pasó desapercibido a sus hermanas,  acrecentaba su fuerza en noches de luna llena, cuando el sudor de los narcisos se hace irrespirable en aquel largo y cálido verano.
Un antiguo misterio se preñó en sus entrañas, envuelto en la placenta del pesar, convirtiéndola en un ser frío y oscuro.En un resplandor fijo, interminable, deja caer su melancolía en el estanque de los lotos, donde se iba a refugiar cada vez que le era imposible conciliar el sueño. Una de esas noches, cuando las luces van a dormir al  collar violeta del último crepúsculo, y reinaban las tinieblas, el tiempo se arruga sobre su rostro, pálido y trémulo, en el azul de sus pupilas, y se pudo ver la silueta de un caballero vestido de terciopelo y capa negra azabache que brillaba en la oscuridad.
No había salido  de sus sueños, era Lord Chartell, descendiente del rey Arturo y su prometido, el cual, sintiendo la tristeza de su amada, fue en su busqueda atravesando los muros del jardín. La deseó con una violenta insolencia, los dos amantes se fundieron en un abrazo ancho, como los acrecentados ríos de Babilonia. El gorjeo de la alondra les envió una mirada suplicante y Lady Camille fue recorrida por un intenso escalofrío, trayéndole a la mente el pacto de la vieja profecía. Su abrazo era un enigma que no sabía descifrar, no contaba con el oráculo que la salvase. Su padre, el día de su bautizo en el patio de los olivos, los que elevan sus plegarias a los dioses, con sus ramas extendidas hacia el cielo,  la encomendó a las esferas celestes como tributo, no había de quebrantar tal alianza.
Era necesario que ingresara en la solitaria celda de un convento, situado en la cima de la colina, donde los dioses van a jugar con sus doncellas, a sembrar lilas en las tumbas de sus madres, entre las perfumadas hierbas, allí salvaría el honor que las altas estrellas quisieron arrebatar a su anciano padre, de largas barbas muy blancas y ojos rojizos, espejo del llanto incendiado por sus lágrimas al comprometer la felicidad de su hija.
Este pacto equilibraba el orden.
Hubo de renunciar a su amor, en esta víspera que no será la última de todas las batallas de los dioses, donde expían las tentaciones y pecados de los mortales en un fragor idéntico al del trueno.
Desde entonces, se dice que en el estanque de La Mansión de los Tilos, los lotos cambian el color de sus pétalos a morado cuando, en el otear del horizonte, hace su presencia vestida de terciopelo negro, la traición.
 
MªAntonia
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #19 : Marzo 06, 2019, 12:05:34 »

AUN AUSENTE
 
 
Compartirán las rosas la tristeza
y el cáliz de un sinsonte enamorado,
taciturno, bohemio, desolado,
a merced de la angustia y su crudeza.
 
Con el tinte naciente de un rosal,
eterniza un suspiro gemebundo,
reviviendo su amor por un segundo,
se pierde en su fragancia celestial.
 
El básium de su niña en su memoria
le cubre con pasión inmaculada,
aun ausente del nido de su amada,
 consuma en fantasías su amatoria.


Raúl Valdez

02/07/2010
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #20 : Marzo 06, 2019, 12:23:10 »

Alpha_Centaury

A veces

A veces,
mientras la propia tumba excavas,
alguien corta la letanía
lanzando a tus ojos arena,
en el intento de vencer
cuanto nuble tu alma.

A veces,
mientras los sabios alzan sus responsos,
la rendición
corona de carmín los horizontes
y el fuego amigo salva del fracaso
devora-espíritus.

—A veces
  me quejo.
 
  Ahora
  doy gracias—.
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #21 : Marzo 06, 2019, 12:39:29 »

Erial
La espera

No siempre, al mirar por la ventana, pretendo abarcarte,   
en ocasiones busco tu pupila en mí.                                   
Difundo  un  goteo de cuentas  a tus pasos.                   

Aciagas  señales,  no desvíes mi antojo       
y, sin armadura, decidas  obtener  tu destino.
Acudes, ciego, al  sepulcro donde moras.

De las meigas que te prenden, una aguarda a  tu puerta,   
yo, para  ti, continúo remozando la piel. 
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #22 : Marzo 06, 2019, 12:46:26 »

LILIANA VALIDO

Miradas

Descubro el asombro
de miradas nuevas.
Pupilas alertas
al amor y el odio.

Desaloja el llanto
de sueños heridos.

Se encienden de pronto
cielos de candelas,
luz de las respuestas.
El alma en los ojos.
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #23 : Marzo 06, 2019, 12:53:36 »

Dage



   PEQUEÑO POEMA ERÓTICO

   Culo firme, chupaba con fiereza
   los postreros residuos en el palo,
   ¡gran placer del varón que, feliz, estuviese
   en lugar del bendito chupa-chups!
   Ah, la figura altiva y el vestido
   cuyo corte avergüenza a un taparrabos.
   Qué desgracia... ¡me mira!,
   ¿dónde narices puedo refugiarme?
   "Eh, bombón, no te gires justo ahora
   que te miro y me empiezas
   a gustar. ¿No te agrada
   algo más que comerme con los ojos?
   "Idiota, ve a decir algo agradable",
   pienso, rojo y cohibido,
   pues ya noto ajustado el pantalón.
   Pasan lentos segundos muy escasos
   -se aprietan las suturas-;
   la muchacha parece retractarse,
   o quizá lo imagino. Muy despacio pregunta:
   "Qué, ¿entonces vendrás?"
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #24 : Marzo 06, 2019, 01:09:09 »

Mac de la Torre
   
El No Poeta


Pertinaz e infame hado
yo resisto tu señuelo,
¡arruina ya  mi desvelo!
Ojos en surco tostado.

Sintiéndome ruin bagazo
confina mi juicio al diestro,
si no conozco maestro,
de sabias letras ni trazo.

Como navío varado
soles conté con recelo,
cogí la pluma del suelo
en tregua con el tarado.

Arrogante, afloja el mazo,
raspa mi rostro siniestro,
tan rico convite vuestro
naciente de un novel lazo.

El guardián sutil y osado
me mostró radiante al cielo,
mira al frente con anhelo,
concluirás  roto y cansado.

Frunció la tinta un abrazo
esclava de lo que muestro,
terminé con mi secuestro;
oda libre en mi regazo.
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #25 : Marzo 06, 2019, 01:16:22 »


altabix
   
Pude, pero no

Yo pude haberte amado; pero mis pasos me llevaban hacia otro lugar.
Pude haberte amado y te amé mientras  te observaba con nostalgia a medida que me alejaba.
Pude haber sido tu caricia,  los ojos que te miraran expectantes,  los labios que humedecieran tu boca.
 Tu frustración no fue peor que mi castigo,  constantemente recordando las nubes blancas bajo el cielo azul, de aquel día en que me alejé sin mirar al suelo, para que las calles que conocí contigo,  no retuvieran mis pasos.
Pude haberte amado;  pero caminaba hacia otro lugar.
El tiempo; caprichoso y perverso,  ha querido  cruzarte en mi camino.
Como dos barcos en alta mar.
Pude haberte amado, pero guardé silencio a tu paso.
No me reconociste; o sí, pero decidimos no vernos  y nos alejarnos de nuevo, como barcos que se cruzan en alta mar, que de súbito se vienen encima y de pronto de nuevo  lejos; muy lejos.
Yo pude haberte amado  como la sal está presente en la mar.
Pero ante el impulso de mi voz,  prevaleció el ahogo del deseo,  mas fui feliz.
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« Respuesta #26 : Marzo 06, 2019, 01:19:17 »

Poema, corregido en Metáforas, para el blog ·"Poemas para Japón". El fin de este blog es conseguir recopilar poemas para enviar a Japón y ayudar a su rehabilitación como se hizo con Haití en su momento, siguiendo una idea de Carmen de la Torre, (Carende)

http://poemasparajapon.blogspot.com/


Japón
tus cuatro surcos en el agua
entre el Pacífico
limitan
las épocas
próximas a los bordes
del incipiente espíritu solar.
Alfiler de mil cruces
en las lindes del fuego.
La luz quiere tu aire.
El tsunami, celoso,
te inunda.


Corregido en el foro Metáforas de Diana Gioia.
(c) María Teresa Aláez García. Mayte Aláez. Mtiag.Pernelle.

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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #27 : Marzo 06, 2019, 01:22:08 »

SUSPIROS Y LÁGRIMAS


Un suspiro sutil,
cual lágrima de aire,
es perfume aromado de dolor.
Es sollozo y caricia sublimada.
Es murmullo que surge por amor.


Si en su trayecto alado
roza a otro suspiro
con delicada esencia en su cendal,
tal vez brote el milagro de la vida
y formen en sus vuelos un panal.


La música que inicia
con ansia los sentires
es la chispa de un fuego de emoción,
en la hoguera que enciende la nostalgia
por amantes tocados de pasión.


Un suspiro sutil,
cual lágrima de aire,
navega por mi piel hacia tu mar,
deseando que intuyas mis anhelos
y afanoso me vengas a colmar.

Candela Martí
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #28 : Marzo 06, 2019, 01:25:15 »

   
PALABRAS DE SILENCIOS

Allí en la oblicuidad de nuestra luna,
te dejaré mi amor en cada noche;
los mimos que te debo, las caricias
de mi hondo sentir, las ocurrencias
prendidas en palabras del silencio,
en sutiles encajes de su luz.

El pardo de tus ojos, piel morena,
circula junto a mí con el recuerdo.
Tu mano se entrelaza con la mía
bajo el encanecido parronal
de mis nostalgias.

Al caminar festiva hacia tu encuentro
me vestiré con galas de verano
y fúlgidos colores del estío,
como fuera en mi vida junto a ti.



 (Freya)
Marzo, 10, 2014.

Con mi recuerdo de siempre en el 9º aniversario de la partida de mi esposo, Sergio Jara Duhalde.
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #29 : Marzo 06, 2019, 01:29:06 »

Orlando
   
Miguel

No debí dejar que se fuera del pueblo. Ella estaba empeñada en irse a curar, pero yo no quería. Cuando se subió al camión vi que se persignó tres veces, como era su costumbre, y se despidió de mí con la mano. Pensé en subirme con ella pero estaba bien lleno de gente. El camión se dio la vuelta y, cada vez que avanzaba, se iba haciendo más chiquito y más chiquito hasta que se confundió con la polvareda que se levantaba por la tierra seca. De pronto, la carretera se quedó sola, no había nada, ni siquiera el polvo que había levantado el camión. Estaba tranquilo, sólo se oía pasar el agua del arroyo que nunca estaba quieta. Una iguana salió a tomar el sol que calentaba las piedras. Entonces me fui pa la casa. Se me escurrieron las lágrimas, pero me las limpié con el pañuelo antes de que alguien me viera. Yo no quería que se fuera a curar y menos a la capital, dicen que es bien peligrosa, que está llena de rateros. Además, ¿qué tal si no aguantaba la operación? Doña Refugio, la esposa de Joaquín el de las naranjas, de tan vieja que estaba ya no despertó. Los doctores dijeron que había sido la presión, pero yo sé que fue de pura congoja. ¿Qué tal si a mi mujer le pasaba lo mismo? Aún recuerdo la noche antes de que se fuera. El cuarto estaba envuelto en una negrura espesa, no podía ver nada a través del mosquitero. Nomás oía los grillos que chillaban entre las tejas y los aullidos de los coyotes en el cerro.

―Ay, Miguel. Tú no sabes de estos dolores que a mí me dan. Tal vez pienses que yo ando como si nada, pero a mí me duele harto la panza, como si tuviera un nudo que me retuercen y me retuercen hasta que me tumba el dolor. El médico dijo que la operación era la única manera de que se me quitaran.
―Bueno, pues, me voy contigo entonces.
― ¿Y quién va a cuidar las vacas, darles el alimento, llevarlas y traerlas del potrero? Acuérdate que La Pinta está preñada. Aquí la gente apenas tiene tiempo de acabar sus quehaceres. Nadie va a querer aceptar otro trabajo por pura caridad y nosotros no tenemos dinero.
― ¿Y si te pasa algo?
― No seas necio, Miguel. No me va a pasar nada. Susana va a estar esperándome en la terminal. Y de ahí nos vamos a ir derechito al hospital. Tú no tienes de qué preocuparte.
―Pero, vieja, ¿cómo voy a comer?
―Te voy a dejar hartos calditos pa que nomás los calientes, o te vas allá,  a comer con la comadre Lola, ella nunca nos niega nada. De hambre no te mueres.
―No me dejes, Lupe.
―Ya duérmete mejor. Si me sigues desvelando mañana no podré recordar temprano.

     Estuvo dando vueltas en la cama hasta que le pasé el brazo encima y se quedó dormida. Mi mujer era así. Con tantito que me le arrimara en la cama, se hacía de lado para que yo la abrazara mejor y pusiera mi pierna sobre la de ella. Aunque no me dijera nada, yo sabía que le gustaba que la abrazara, sentir mi calor  y mi cuerpo pegado al de ella. Por eso, estando dormida, luego luego se acomodaba a mis brazos. A veces de día, cuando la quería abrazar, me quitaba “¡Aplácate, Miguel! ¿Qué no ves que estoy haciendo el quehacer?”, me decía. Y yo me iba a desgranar el máiz o hacer otra cosa, pero dentro yo sabía que le gustaba tanto como a mí.

     No podía decirle nada, estaba convencida. Además yo había visto cómo le daban los dolores, cómo gritaba, ni caminar podía la pobre. En esos tiempos, cuando le agarraban los cólicos, yo hacía todo el quehacer pa que no se cansara, le hacía sus tecitos, le daba de comer a las gallinas. Pero de nada sirvieron tantos cuidados. De todos modos se murió. La enterramos junto a su padre, don Ezequiel. Susana no se ha vuelto a parar por aquí desde el entierro, su madre era la única razón por la que a veces nos visitaba. Nunca me perdonó aquel malentendido. Yo ni sabía que el tal Juan andaba por esos rumbos cuando andaba cazando al coyote que se comía las gallinas.  De seguro fue obra del Diablo, porque la bala le atravesó en el meritito centro de la frente. No me caía nada de bien, tenía la sangre pesada, pero era buen muchacho. Por eso Susana se fue con su tía Remedios a la capital. Ella, solita, vino. Mis otros hijos se fueron muriendo de uno por uno. Dos, cuando apenas eran unas crías, murieron de tifoidea, a otro lo mataron sin decirnos siquiera porqué y los demás se fueron pa el norte y se quedaron en el río. Quizá así está mejor. Que no venga. ¿Pa qué quiero que me vea así de viejo? Le voy a dar lástima con estos cueros que me cargo. Mejor me muero solo, sin dar lástima a nadie.

     El rebozo de Lupe está tendido sobre la silla, como extrañándola. A veces sueño que estoy en un potrero que no es mío, está grande y con la tierra agrietada por el sol. No hay ninguna planta, sólo un sendero de tierra aplanada por la que camino. Entonces la veo, allá, a lo lejos. Va caminando sola, con el rebozo en la cabeza. Y voy corriendo, quiero acercarme, alcanzarla, pero ella corre también. Y le grito: ¡Lupe, espérate!, ¡Lupe! Me tropiezo hartas veces con las piedras, miro abajo y no traigo huaraches. Pero sigo corriendo sobre la tierra caliente. Hasta que la alcanzo, le pongo la mano en el hombro y le quiero dar la vuelta. Entonces se oye una carcajada alrededor de todo el potrero y cuando miro mis manos nomás tengo un montón de trapos viejos. Lupe, Lupe, ¿estarás descansando en paz? Porque yo aquí no descanso nada, aunque me la pase dormido todo el tiempo.

      Desde aquí, en la hamaca, se ve cómo el aire mueve las ramas del huizache, como si le acariciara las hojas con mucho cariño. Parece que no hay nada en el cielo, pero si uno se fija bien, hay una argolla de luz blanca en vez de luna. Por eso no hay claridad, está oscuro, oscuro. La vela que encendí sobre la mesa, apenas ilumina su retrato, yo la miro. Dicen que cuando la vela que se le prende a un muerto casi no alumbra es porque le falta luz pa encontrar su camino en la otra vida. La sombra sobre la pared sube y baja, así como da luz también la quita. Todas las cosas se ven más negras. Y la mecha de la vela se mueve como si bailara con el viento, como columpiándose, como si quisiera apagarse con todas sus ganas pero no pudiera.
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