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Ricard. In memoriam, 7 de agosto de 2009.
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Autor Tema: Marzo 2019  (Leído 550 veces)
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María Teresa Inés Aláez García
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« : Marzo 10, 2019, 11:16:25 »

NAUTA PERDIDA
(Cobla Catalana)


Senderos de sibilas amapolas
aturden sin respiro mi cordura.
Su mayo, mes de génesis, de amores;
mi otoño convertido en primavera.
Encadenada al mástil de la nave,
me envuelve de las sílfides el canto.
Es el momento de soltar los nudos,
voy dispuesta al desastre por el gozo.

Al fin, acaricié las amapolas
soñadas en mis tramos de cordura.
No sufro por exánimes amores,
mas me rindo a su altiva primavera.
Mi tozudez encallará la nave
en el bronco arrecife de su canto.
Medrosa, desasiendo voy los nudos
para llegar al vórtice del gozo.
     
Rocío tan acerbo de amapolas,   
Vergüenza por la apática cordura,
a sus pies arrojasteis mis amores,
hipérbaton de otoño y primavera.
Rendida, mi respiro está en la nave,   
junto al embaucador runrún del canto.
¡Inútil artimaña de los nudos!
Patética estulticia por el gozo.

Persiste en tu linaje de amapolas.
Déjame con mi resto de cordura.
Construyo un cenotafio a mis amores,
allí sepultaré mi primavera.
Las otras quedarán, como mi nave,
presas del laberinto de tu canto;
hendiste sueños, vil desatanudos.
Vomito la memoria de aquel gozo.   

mariaValente
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #1 : Marzo 10, 2019, 11:18:26 »


Irene

EL EXTRAÑO CASO DE LA GOTERA OXIDANTE

   La mancha de óxido sobre el gris descolorido del terrazo podría abrir la puerta de la verdad. Inerte, aún me dolía el pensamiento, a pesar de haber transcurrido cinco jornadas. No podía descansar, continuamente forzaba a las estrellas vespertinas para que silenciaran los llantos. Las cabezas deberían permanecer frías, alejadas de cualquier emoción. El sereno retorno al pasado lo aclararía todo, y más en una tierra donde la palabra “homicidio“ había sido arrancada del diccionario por historias y sucesos trágicos; lo normal era silenciarlo con el termino “suicidio“. Todo perfilaba esta posibilidad: la jeringuilla, restos de coca, el cerco morado de sus ojos … Era la escena ideal, excepto por el oxido reciente que impedía cerrar el caso.
  Todo comenzó cuando las letras empezaron a impregnarme de un maravilloso olor hasta ahora desconocido. Ellas me llevaron a una habitación moderna, donde se batían frases hasta elevarlas a cuentos y poemas. Era un mundo mágico, lleno de belleza y arte. Tanto era el deseo de perfección que, cansada de buscar la inspiración, decidí acabar con mi protagonista; y lo habría conseguido de no ser por el óxido que mi bolígrafo dorado dejó al caerse sobre la primera gotera del edificio.
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #2 : Marzo 10, 2019, 11:53:50 »

Calendo Griego



La noche

Tuyos son su sombra y eterno cobijo,
procura llamarla soledad intensa,
nutrirte en su ubre,
sufrir en su abrazo
el ardor oscuro de su fiel caricia.

Alma codiciosa, lánzate a su abismo,
busca sus arcanos,
oye las cadenas
de métricos gnomos, redondas palabras,
pulsos de su enigma.

En su pozo antiguo,
inflamando estrellas,
húrtale a la luna su sangre de verbos
—húmeros del canto—
y calma el temblor de tu vena íntima.

De pasión mudable, su rostro infinito,
ama su desánimo
perdiéndose, rosa
galáctica, etérea,
en el hipogeo de la luz del día.
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #3 : Marzo 11, 2019, 12:14:55 »

ojaldeb

*****

El azul se esconde tras las nubes

de una boca ensangrentada.

¿Quién sabe más del silencio?

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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #4 : Marzo 11, 2019, 12:18:12 »

El tsunami del 26 de diciembre de 2004
en el océano Índico.
Olas asociadas al maremoto devastaron
las líneas de la costa alrededor del Océano Índico,
matando a más de 70.000 vidas...
 
 


ME CUESTA MIRARTE


Mar en otros lares
ocupas tus costas,
feroz y salvaje,
dejas cataclismos
en súbito avance,
mezclando a sus gentes,
en légamo y sangre
y aclaran el barro
sollozos de madre.
¡Dolores eternos
de almas errantes!

Siendo tú mi amigo,
mi paz y templanza,
mi  corazón  tiñes
de negra mirada
y azota  tu envés
mi torso y espalda;
ahora  te juzgo,
siendo mi amalgama.
¡Ay,  mar qué me hiciste,
por ti,  suspiraba!

Entregué  en tu orilla
murmullos de tactos,
 y embebió  tu arena
nutridos  quebrantos,;
de mi cuerpo y mente
libraste  desgarros.
¡Tú,  cómplice fiel,     
de lutos  callados!

Sobre tu oleaje
tejí fantasías;
siendo eterna musa 
de versadas rimas.
Creé en tu infinito
un rincón de dicha,
en el que fui parte
del vergel de euritmia
y ensoñé un final
libre, sin espinas.

Ay, mar traicionero.
En tu orilla incrédula,
se ciñen celajes,
olas plañideras;
recuerdos sombríos
de avalancha ciega.
Mas en la corona
de tu espuma inquieta
anhelo rizarme;
¡por Dios que me cuesta!
Me seducen  cantos,
me arrollan tus fuerzas.
Majestuoso mar,
vuelvo a tu ribera.

Carende
20/04/10
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #5 : Marzo 11, 2019, 12:30:43 »

SONETO DEL OLVIDO

Ciego voy por un mar sin esperanza,
la muerte llevo fiel como ayudante,
sangre volcada en manantial amante,
en garra fiera el corazón me alcanza.
 
Las huellas del reguero que hoy avanza,
muestran mi amor sin fe que ya anhelante,
lleva mi pecho herido, lacerante,
escondido entre brumas de templanza.
 
Mi vuelta hasta la senda del olvido
a la deriva lleva mi velero,
brunas aguas sin norte y sin oriente.
 
Sitian mi navegar de amor perdido,
nada culpo a tu luz ya sin esmero.
Acuso a tu mirada indiferente.

Nardy
23-5-05
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #6 : Marzo 11, 2019, 12:34:26 »

RACIMO FECUNDO.
 
¡Que te festejen los dioses con liras!
¡Que las arpas se pulsen en tu honor!
¡Derrame la azucena su rubor
a los rezos rojizos de las piras!
 
Cabriolas de unicornios y sus iras
transmiten a  los ángeles tu ardor,
resplandeciente Uno y Trino, Amor.
Ya en sus moradas con Jesús suspiras.
 
Corona de laurel en tu cabeza
pues supiste adorarme hasta el extremo,
sutil, ágil autor de tu proeza.
 
Mi nave condujiste con tu remo,
salmos por tus vigilias y pureza.
¡OH, Racimo Fecundo, nada temo!


Mª Antonia
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #7 : Marzo 11, 2019, 12:48:08 »

ARMONÍA


equilibrio
malabares
estrategia
ajedrez

teoría
religión
mandamientos
actitudes

inquietud
aventura
decisiones

saturado
maremágnum
existir


Raúl Valdez

08/12/2011
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #8 : Marzo 11, 2019, 01:00:12 »


Alpha_Centaury

Napoleón

Aquel temprano día de octubre, mi ánimo emulaba las oscilaciones del  tiempo. Nada me provocaba una sonrisa. Nada despertaba mi llanto. Nada era capaz de arrancarme a escribir y yo, sin mi arte, no soy yo. Decidí llamar a un amigo con quien comparto esta extraña afición; era el único en mi entorno que podría comprenderla. Su veredicto fue implacable: “Enamórate. Ya. De quien sea”. Hallé sentido a su consejo, aunque jamás me había propuesto enamorarme a voluntad para dar fuego a mis letras. Siempre ha de haber una primera vez para todo, dicen.

Me acicalé, tal y como lo haría si me aguardara una cita importante con la vida. Dediqué horas de esfuerzo a estar perfecta; tenacidad indicativa de mi desesperación.

Cuando el espejo me concedió su bendición, salí a la calle… sin rumbo.

Las calles aquel día parecían estar en especial habitadas por hombres. Hombres que trabajan, corren en chándal – como si huyeran de su sombra-, sacan el perro a pasear, compran… e insultan, resguardados en la intimidad del habitáculo de sus vehículos. Pero ¿quién nació para ser el muso de mis poemas? Todos se me antojaban tan cotidianos, tan vulgares, tan… en fin, tan poco inspiradores, que no merecían mi atención.

La situación dio un giro de 180º cuando le vi. Era un chico de aspecto quijotesco, joven, algo más alto de lo deseable, flaco, de ojeras profundas y aspecto descuidado. Su mirada indicaba que su alma escondía un tesoro de rebeldía; sus manos hablaban de conspiraciones y sus cejas de terribles tormentas. Estaba en el parque, haciendo aspavientos, rodeado por niños que le contemplaban embobados.

Era un cuenta- cuentos contratado por el Ayuntamiento en pleno intento oficial de fomentar la imaginación y el arte en las nuevas generaciones.

Cuando acabó de contar la historia a los chiquillos, me permití acercarme a él para felicitarle por su expresividad, buen hacer y por la valentía que DEMOSTRABA al intentar subsistir con un trabajo así…

- El secreto es muy sencillo- confesó- se trata de convencerte de la existencia de algo maravilloso en ti. Yo, por ejemplo (y no te rías, por favor) he decidido convencerme de que soy Napoleón-.

Y, al pronunciar el nombre de Napoleón, quiso sorprenderme con el típico gesto napoleónico de ocultación de mancha en la chaqueta, acompasándolo con un rictus tenso en el rostro y un envaramiento generalizado de su espalda.

No pude evitar reírme. Él sonrió.

- Te falla la ornamentación – le chinché. También HABRÍA podido decirle que le faltaba ser gordito, bajo y cabezón, pero sentí piedad hacia su desgraciado ídolo.

- No me has entendido. Yo no he dicho que quiera parecerme a Napoleón. He dicho que voy a ser Napoleón, que ya lo era, que lo soy.

No quise profundizar más en el asunto, señal clara de que había logrado mi objetivo: enamorarme. Ya se sabe que el amor es ciego. Deliberadamente se niega a detener su atención en cualquier aspecto de la realidad que entre en discusión con sus deseos.

El noviazgo no se hizo esperar demasiado. Quitando esa pequeña excentricidad, era un muchacho normal, aficionado al cine español, al rock y a salir de farra con los amigos. No caía en hábitos excesivamente insanos, cumplía con responsabilidad las exigencias de su oficio y toleraba con paciencia las malas rachas económicas.

No era una excentricidad que se notara demasiado. Sólo se revelaba en cosas puntuales. Lucía en su dormitorio un póster de la isla de Córcega; tenía instalados en su ordenador varios juegos referentes a estrategia militar; en sus salidas ineludiblemente degustaba brandy Napoleón; se burlaba de su hermano, más aficionado al alcohol que él, apodándole “Pepe Botella”; y, cuando se le cruzaban más los cables, me escribía alguna carta de amor llamándome “Josefina”.

Yo me decía que hay un sinfín de cosas peores que hubiera podido ser y no era: político, ex presidiario, drogadicto, sádico, legionario, aficionado a las revistas pornográficas, opusdeísta, policía, enfermo, hijo único, pendón… y que el afán por manifestar una identidad que no era la suya también se da en esas ingentes cantidades de personas que usan día a día Internet para comunicarse entre ellos. Parecía, más que un mal personal, una enfermedad social. Al fin y al cabo, él no usaba su identidad “napoleónica” para engañar a nadie o para seducir, sino para infundirse fuerzas e inspirarse, para superar con valentía las dificultades. Claro, llegada a este punto, acababa aplaudiéndole y enamorándome más de él todavía por sus defectos. Típico en hembras.

Normal que acabáramos casados dos años después, el 9 de marzo del 2008. La luna de miel fue, como suponéis, en París.

Ese mismo año se matriculó en la Escuela de Idiomas para aprender francés. Mostró tal interés que en año y medio podía desenvolverse en Francia sin grandes problemas. Los viajes a Francia se multiplicaron.

Yo no me quejaba, ya que el país de la Torre Eiffel y el Sena es muy digno de recibir visitas, pero comenzaba a fastidiarme su obsesión. Una tenía ganas de conocer otros lugares y, francamente, si tanto viajábamos era porque yo aportaba mi sueldo y nos apretábamos durante meses el cinturón con idea de ahorrar… pero cedía porque ¿es ese motivo de iniciar una pelea? En lo demás me tenía contenta, muy contenta… y en todos los manuales de autoayuda sentimental, los expertos afirman que no se puede pedir a la pareja que cambie; si no se la acepta como es, es preferible cambiar de pareja, lo que quedaba a años luz de mis planes de futuro.

Hubo una ocasión en la que, algo hastiada, comenté: “Cariño, deja ya a Napoleón, él en el fondo sólo deseaba ser Julio César y éste sólo quería ser Alejandro Magno, que, a su vez, sólo quería haber figurado en La Ilíada. Dedícate a ser tú mismo”.

Él me dirigió una mirada glacial. Yo temblé. Desde aquel momento algo quedó dañado entre nosotros.

Un día llegó a casa con una sorpresa. Traía dos documentos nacionales de identidad, uno con su foto y otro con la mía. En el suyo se leía “Napoleón Bonaparte” y en el mío “Josefina Bonaparte”. Al principio creí que sería algún artículo de broma que habría encargado por ahí, mas no tardé en averiguar que había acudido primero al Registro y luego a Comisaría para “actualizar” de esa forma nuestros datos.

Como no soy tonta (o eso creo) y a duras penas asimilaba lo que estaba viendo, me presenté en ambas entidades a pedir explicaciones. En el Registro supe que nuestros apellidos seguían siendo los mismos de siempre, sólo habían cambiado nuestros nombres. Me dijeron que dudaron seriamente de la salud mental de mi marido pero, armado con su propia libertad legal y un poder notarial que le firmé, obedecieron a su insólita petición. “Hay gente para todo, ya lo sabe”- se excusaron- “acuérdese de que la religión jedi consta como religión desde el momento en que estadísticamente tiene adeptos, y los tiene. Con tanto "excéntrico" que hay suelto no mosquea que alguien quiera ser Napoleón y llamar a su señora Josefina”. Refrené las ganas de propinarle una colleja, pero fui incapaz de reprimirlas en Comisaría cuando supe que los policías, divertidísimos, llegaron a entregarle dos DNI de “mentirijilla” para que “Napoleón” fuera haciendo gala de ellos por toda España y el extranjero. Abofeteé al que me lo dijo y cabe señalar que el muy estúpido no se atrevió a quejarse.

Cuando llegué a casa, lloré, desesperada. Mi pobre y adorado marido necesitaba urgentemente tratamiento psiquiátrico. ¿Cómo iba a convencerle? Y si la cosa seguía igual o empeoraba ¿Cómo dejarle? ¿Con qué conciencia se abandona a la persona que quieres si ésta es azotada por el cruel látigo de la enfermedad mental?

Mi mente, incapaz de solucionar el dilema, hizo “crack”. Decidí ayudarle a dejar el mundo tal y como él, en el fondo, deseaba. Cuando, cansado, se tumbó en la cama y me pidió un vaso de agua, se lo llevé y me encerré con él, diciéndole “Bebe, Napoleón, ya estás en Santa Elena”. Él me miró sonriendo y bebió, convencido, como yo esperaba, de que venía a vengarme de parte de la coalición antimonárquica y que aquel vaso contenía arsénico. Falleció en el acto.

Lo siguiente que recuerdo son las blancas paredes de la clínica y los fragmentos de la noticia de la hoja de periódico que encontré, casualmente, en el suelo… “la asesina, J.B.H, considerada por sus vecinos como una mujer sensata y aficionada desde su juventud a la escritura, envenenó a su marido N.B.G, conocido cuenta- cuentos de nuestra localidad, a raíz de que una broma de su marido despertara un duro trastorno de la personalidad que ella, sin saberlo, sufría desde su nacimiento”.

Espero que escribir mi versión de los hechos me sirva de terapia.
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #9 : Marzo 11, 2019, 01:07:31 »

Tres vueltas de llave

De ella apenas conocía su silueta, lo poco que dejaban traspasar los visillos de su ventana. Siempre la imaginé triste, deambulando, sumida en sus pensamientos; tal vez la música que día tras día junto con alguna trasnochada tarde llegaba desde su apartamento, me hacia percibirla así.

Un eterno Sabina cantaba desgarrado.  Creía poder reconocerla en cualquier parte. En numerosas ocasiones había fantaseado con un encuentro casual con ella.  Ya saben, un cruce de miradas, un imprevisto roce en el ascensor. Cuarto C,  A. García, esto era lo único que se leía en su buzón, Amalia, Alicia, Alma, Aurora, Arabela...  yo seguía especulando con su nombre; Alma; para mí sería Alma.

Me acostumbré a llegar pronto a casa, intentando no hacer ruido, todos mis sentidos permanecían alerta a cualquier sonido que procediera de su estancia. Escuchaba cómo Alma abría la cerradura, tres vueltas de llave, y un sigiloso cerrar,  dos pasos y el bolso aterrizaba en el sofá; casi al mismo tiempo Sabina cantaba “ llegas demasiado tarde, princesa”  y  así era: tarde a mi vida.
Alma y yo teníamos un horario  parecido. Si hasta ese momento no habíamos coincidido al salir por las mañanas,  era sobretodo porque yo retrasaba mi salida hasta que ella cerraba su puerta, tres vueltas de llave, y  yo  exhalaba un  suspiro detrás de la  mía, preparado para salir.

Pasaría todo el día esperando llegar a casa. Aguantando la murga de unos y  otros,  los cuchicheos a mi espalda, para ellos yo era el raro, el que no hablaba, no contaba nada sobre su  vida anterior. No  tenía ninguna intención de trabar algún tipo de relación con ellos, aparte de la necesaria para desempeñar el trabajo. Solamente  con el de contabilidad parecía estar más en sintonía. Como un acuerdo tácito, compartíamos mesa durante el almuerzo, él se enfrascaba en su periódico y yo en el mío.  Bastaba con unos buenos días, y media sonrisa.

Abstraído como andaba, no me di cuenta de que el contable realizaba el camino de vuelta a casa unos metros detrás de mí. Tampoco sé qué lo alentó aquel día a alcanzarme, a seguir caminando a mi lado sonriente y dicharachero; durante dos años  sólo  habíamos cruzado los buenos días y poco más. Persistía en su camino a mi lado, yo, enojado, apretaba el paso, y él seguía, bla..bla..bla. Bruscamente, me detuve delante del portal, a la vez que, atónito, veía cómo el contable, sonriente, sacaba un llavero del bolsillo, y dirigiéndose a mí decía;  Cuarto C , ya sabes dónde tienes tu casa.
 Erial
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« Respuesta #10 : Marzo 11, 2019, 01:13:12 »

El juego

A veces,
la tempestad me aleja
de las cumbres serenas.
Invade y estremece.

El mañana declina,
se refugia en las sombras
vacilantes, muy mías.

A veces,
la luz se filtra en grietas
profundas de la esencia.
El equilibrio emerge.

El devenir crepita
en cristales de auroras.
El juego de la vida.

Liliana Valido
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María Teresa Inés Aláez García
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« Respuesta #11 : Marzo 11, 2019, 01:22:41 »

Dage


        A BORGES


   Vivo en una vorágine fantástica
   rica en rosas, en tigres y en espejos.
   Adoro tus escritos, algo viejos,
   de verdad y ficción en mezcla plástica.
   
   Te dedico tu forma predilecta
   a falta de mejores homenajes,
   Pues no sé de los vikings sus lenguajes,
   utilizo tu habla circunspecta.

   Al poco de cumplidos diecinueve
   me fascinó "El Aleph", ese relato
   donde advertí, confuso,mi retrato
   inmerso entre lo místico y lo aleve.

   Hoy, tu último antojo está incumplido,
   te guarda la memoria, no el olvido.
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